sábado, 22 de agosto de 2009

El último baile

Andrés Beneito estiró sus largos brazo a la par que su boca se abría, formando una gran “O” y emitiendo lo que se asemejaba a un gruñido gutural. Sin embargo, allí no había nadie para quejarse de ello - pues tanto la casi fiereza del sonido como la indiferencia del dueño de aquél eran cuestionables -, así que Andrés Beneito no encontró mayor problema en toser con mayor fuerza si cabe, dando finalizado así el recital de bostezos.

Sentado en el borde de su cama de matrimonio en la que, noche tras noche, sus musculosas piernas ocupaban sin merced alguna todo el espacio, buscó a tientas sus zapatillas, mullidas aunque deshilachadas en la punta. Su mente divagó durante unas milésimas de segundo y recordó a sus dos últimas mujeres, que muchas veces se habían sentado donde él se encontraba. Ninguno de los dos matrimonios había prosperado, pero Andrés Beneito no se agriaba por ello, pues, resignado, creía tener un mejor recuerdo que guardar que el de sus dos ex mujeres.

Este recuerdo respondía al nombre de Andrea Rueda. Ambos se habían conocido cuando Andrés Beneito era apodado maliciosamente por sus compañeros Andrés el Meneito.

Andrea Rueda no era voluptuosa como las otras muchachas que se reunían en aquella verbena del pueblo, más bien, su cara era redonda – al igual que el resto del cuerpo – pero de rasgos suaves. La piel de sus brazos regordetes era suave y bien se podía acariciar en algún que otro baile sin suscitar más que una sonrisa traviesa de dientes blancos. Su labio superior se levantaba graciosamente y, no muy lejos de sus comisuras, se formaban dulces hoyuelos. De su parca coleta morena, se escapaban crenchas rebeldes que acudían, en su sofoco, a su frente cuando un fino sudor la cubría. Cuando se sentaban en la barra, ella con aquel holgado vestido que dejaba todo a la imaginación, él con ojos ávidos por descubrir, sus dedos pálidos acariciaban la nariz de pajarito mientras sonreía con sus ojos centelleantes.

Andrés Beneito, casi indiferente a su brillo de estella, desgastado ya por el uso del recuerdo, se levantó de la cama mientras volvía a bostezar.

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Micro-relato de inspiración fisonomista, que no es sino un experimento más. Me convence. Si has sentido al final esa sensación de vacío, de ¿y-ahora-qué? y/o de indiferencia, es que lo he hecho medianamente bien.
Besos

1 comentario:

Aiko dijo...

Muchas Gracias linda !!

Blessings!!