miércoles, 12 de agosto de 2009

Síndrome post-London (II)


Día IV. Entre cuervos y girasoles

La primera visita la tenemos al lado de casa - a saber, nuestro hotel - y se trata de la misteriosa Torre de Londres (1), fortaleza que mandó construir nuestro amigo Henry VIII con unos fines bastante cuestionables, pues allí fueron ejecutadas tres reinas de Inglaterra, esposas de aquél. Recorrimos la vía del agua, vimos las lujosas Joyas de la Corona y observamos a los cuervos, habitantes permanentes de la Torre, debido a una predicción que hablaba de la caída de la monarquía cuando los cuervos alzasen el vuelo... De allí partimos hacia St. Paul's Cathedral (2), la impresionante catedral dedicada a San Pablo, como habréis podido deducir. Acabamos agotados porque subimos no-sé-cuaaantos escalones - os puedo asegurar que eran muuuuchos - para admirar las vistas desde casi el fin de la cúpula... Mereció la pena. Tras comer un sandwich y beberme un capuccino en el Starbucks, nos dirigimos nada más y nada menos que a la National Gallery, de la que me enamoro. Vimos muchísimas obras maestras desde van Eyck -y su impresionante matrimonio- a Rafael, pasando por un maravilloso esbozo de Da Vinci. Yo, personalmente, me quedo con Van Gogh y sus girasoles o Turner con sus paisajes de ensueño. Aunque, claro, Velázquez y su Venus del espejo caben ser destacados. Y luego... un viaje a las alturas con el London Eye (3). Las vistas son realmente increíbles (4). Tras una media hora, cogemos el metro hasta Picadilly Circus (5) donde para nosotros, tras una cena en un restaurante con temática de la selva, Rainforest, acaba el intenso día.



Día V. God saves the Queen

Comenzamos el día en el Buckingham Palace, viendo un tumultuoso cambio de guardia (1) que tampoco fue para tanto. Por lo menos, vimos a los guardias, y eso está bien. De nuevo paseamos por ese rincón de maravillas que es St. James's Park y después nos deslizamos hasta Harrod's, por mera curiosidad. No muy lejos de allí nos espera el Museo de Historia Natural (2) que nos sorprende gratamente con una magnífica reproducción de un tiranosaurio rex así como con muchas secciones interesantes como la dedicada a los mamíferos acuáticos o incluso a los volcanes. Cogemos un metro para llegar al barrio imposible de dejar de ver: Notting Hill (3) y su famosa calle Portobello Road. Mi madre es demasiado fan de la película - y de Hugh Grant - como para no incluir el barrio en nuestro itinerario. Casi conseguimos ver la tienda de guías de viaje, pero se hace tarde y King Cross nos espera. No es que vayamos a emprender ningún viaje - bueno, quizá sí. Allí está el andén nueve y tres cuartos (4) que no podemos dejar de ver - yo insistí en ello. Tras esta - solo se puede describir como mágica - experiencia cenamos cerca de Trafalgar Square y paseando nos dejamos caer por el Big Ben, iluminado de noche (5). Con esta imagen tan especial, nos despedimos del día.




Día VI. Iced Capuccino

Nuestro último día en Londres -snif snif- y lo iniciamos con el British Museum (1) que es, hablando en plata, el museo en el que se guardan todas las cosas inimaginables que los ingleses "tomaron prestadas" en sus numerosas campañas. Vemos la piedra Rosseta, a la que casi no te puedes ni acercar - parece que tengan contratados a varios turistas para que estén revoloteando con cámaras con flash a su alrededor- y todas las momias procedentes de Egipto. Así mismo, nos encontramos con frescos del Partenón que, los frescos británicos - nunca mejor dicho - arrancaron sin remordimiento alguno. A mí me maravilla el monumento de las Nereidas (2). Salimos impregnados de arte y cogemos un metro hasta tatachán Abbey Road (3). Oh, yeah! Supongo que os sonará de algo: sí, es la portada del mítico disco de los Beatles. Muchos dicen que es su disco cumbre. Así que sí, pisé el mismo suelo que Lennon, Harrison, McCartney y Starr. Increíble, pero cierto. Crucé Abbey Road (4) unas seis veces - no tanto por placer, que también, sino porque la foto nunca nos convencía. Así, mientras yo casi saltaba henchida de felicidad, llegamos a Regent's Park, donde tras comer un bocadillo de salchicha - que no un perrito caliente, este tenía más clase - nos hicimos con un capuccino bien fresquito y, como buenos ingleses, nos tumbabos en el césped más verde que he visto mientras yo me perdía en una mezcla entre Los Beatles y la BSO de Expiación (5). Tras este descanso tan agradecido, nos fuimos a New Bond Street, las Burlington Arcades y Regent's Street, donde se encuentran las tiendas más lujosas de Londres. Tras esto, cena en el hotel y así acabo nuestro día.

El viernes por la mañana aun tuvimos tiempo de pasear y despedirnos... pero no con un adiós, sino con un hasta luego, porque yo sé que he de regresar a esa ciudad.

1 comentario:

Carlaiel dijo...

Ídem. Yo necesito volver, muchas cosas quedaron sin descubrir para mí. ¡London ROCKSx100!

Carly.