domingo, 6 de marzo de 2011

Cielo

You’re such a lovely audience

Cae el agua; llueve en la ducha con olor a jabón azul y pelo recogido. La densidad de la tarde se derrama en pequeñas gotas sobre sus espaldas: diamantes en el cielo. Tan sólo ese sonido de repiqueteo constante, tan sólo ese repiqueteo y sus risas. No hay nada más que les preocupe, tan sólo que no se moje el pelo de ella, moño de mechones juguetones que, ausentes, encuentran el agua. Pero no hay nada más; reposa la casa con olor a bostezo y prematuro domingo. En la cocina aun se quejan los platos sucios y el envoltorio de burritos que alguien abrió mal. Al morir el grifo, se oyen sus respiraciones por todos los rincones envueltas en una toalla beige que se convertiría en albornoz tiznado de rojo. El espejo les reta: a ella aún le quedan pecas negras de la raya y el bombín; él se pinta barba blanca y afeita el cristal como aquél del peinado rey Arturo; ella aun cree oír sus pulmones dormir, truncándose en un breve ronquido que suaviza su abrazo; él se siente reír al verse observado. La cuchilla murmulla como las sábanas cuando, minutos más tardes, son las olas que alimentan una isla desierta, las ondas de un lago, las ramas de un bosque; cuando las sábanas se convierten en sabanas donde cualquier protección es nula frente al peligro o frente a los terrores nocturnos; protección, sin embargo, completamente efectiva frente al mundo que, al otro lado de la ventana, sigue rotando alrededor de un eje que ambos creen torcido. Tan sólo se guían a través de las vías de un tren cuyos vagones están unidos por imanes y cuya locomotora no es negra. Emocionado, él le cuenta sus juegos y se ríe fingiendo ser niño, arqueando los hombros y sonriendo de lado mientras ella hace tararear al teclado notas disonantes. Y algo sigue ahí presente, ese aroma a pimienta, a vida; ese perfume a espectáculo sobre un teatro regido por dos corazones solitarios, a jugar y saber que es un juego. Pero algo sigue ahí presente, esa certeza de que la obra protagonizada por ambos acabará siendo todo menos obra, menos juego; esa certeza de que la realidad se les presentará y les susurrará las palabras que ahora ella le susurra a él en su oído: “Me gustaría llevarte conmigo a casa. Me encantaría llevarte conmigo a casa”
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Y hasta aquí este maravilloso fin de semana.
:D

3 comentarios:

Marta Boza dijo...

guau! sin palabras...

Cel dijo...

adorable!!!!!!:D

Guille dijo...

Mi sargento, me gusta este cambio de divisas, ¿podemos quedarnos con el una temporada? A escondidas me llevé algo de tu aliento, tu calor y tu piel, para recordar. Pero acudo a él en secreto, para que nadie lo vea e imito tu forma entre los huecos que ahora quedan en la sábana. Pongo en ellos lo que te he quitado. Pero no es lo mismo. Falta algo.
Oye... mi sargento, ven a toda máquina otra vez. ¡Es que sin ti no puedo!