domingo, 13 de marzo de 2011

Están respirando amor

¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo
imploro
de tu hidalga compasión
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro.

 

 

 

 

 

 

Este viernes, como ya os había anunciado, me dejé caer por el teatro Principal en muy buena compañía: el Teatro del Temple, una obra maestra, un gran clásico, una muy buena tarde a mis espaldas, mi chico y una camisa azul. Así que la cosa prometía y, como ya sospechaba, la noche acabó muy bien, con una gran adaptación a manos del Teato del Temple.

Don Juan Tenorio es una obra de la literatura española que no deja a nadie indiferente y que, además, todo el mundo conoce. Así que vas al teatro esperando algo determinado: los versos de Zorrilla, el mónologo de don Juan a la luz de la luna, Sevilla, Romanticismo, estatuas, cementerios. Y por eso, cuando te sorprenden con una adaptación completamente distinta, te es muy gratificante. He de dejar claro una cosa: la adaptación que hace el Teatro del Temple de don Juan Tenorio no es una de estas versiones tristes y pálidas que se están llevando a cabo hoy día, éstas que intentan transformar súbitamente un clásico en contemporáneo y decepcionan hasta la médula. No, el Teatro del Temple consigue, como ya hicieron con Luces de Bohemia, a través de unos elementos sutiles, llevar la obra a los años 70-80 y, aun así, transmitirte la esencia del drama de Zorrilla. ¿Cuáles son esos elementos? El vestuario, los colores, la música, que la taberna de Buttarelli no sea una taberna sino un pub. Y, pese a esto, don Juan sigue siendo el galán de siempre; doña Inés, la novicia desorientada; don Gonzalo, el padre burlado. Y así el Teatro del Temple nos enseña una cosa muy importante: la atemporalidad de la obra literaria.

Si algo me maravilla del Teatro del Temple son sus decorados y sus iluminaciones: su puesta en escena. ¡Es increíble! Con cuatro cosas – y hablo literalmente – crea muchísimas escenas diferentes; proyectando en el telón una luna o un rosetón, te hace visualizar el resto del paisaje. Sus obras tienen una sencillez abrumadora y, a la vez, un lenguaje profundísimo. Además, el reparto borda a los personajes. Y sí, los visten diferente, pero calcan su esencia. Y bueno, quiero destacar desde aquí la interpretación de Francisco Fraguas como don Juan, aunque sin dejar de aplaudir al resto del elenco y a su gran trabajo.

En definitiva, una de las obras que no se olvidan.

1 comentario:

Guille dijo...

Comparto al 100% todo lo que has dicho.
Personalmente, me encantan los cambios de escena. Me llamó mucho la atención cómo se inicia el banquete final, y como termina. Ese movimiento tridimensional que no solo es de una forma horizontal sino también en profundidad, moviendo únicamente las 3 componentes del decorado que hacen las veces de paredes, puertas, mesas... En fin, una delicia a la vista, oído e intelecto. Y si ya sumamos tu presencia... ¡Experiencia completa!