domingo, 27 de marzo de 2011

Paz

When you’re home

Le confesó que confundía su cuerpo con las sábanas: que se despertó una mañana de un marzo que moría y que creyó estar abrazándola en una suerte de reto que, en el limbo de la vigilia y el sueño, no acababa de comprender. Le confesó que los pliegues se mezclaron, en su cabeza nublada por la desorientación y por los párpados, con su cuerpo rápido y fugaz. No le reprochó su ausencia con la mirada – lienzo de claroscuros y borrosos pájaros –, aunque se quebró su voz y se arquearon sus hombros, cobijando su cabeza, cuando susurró su soledad, cuando relató que se había descubierto solo y sin más abrigo que unas sábanas, pálidas sombras del deseo anterior. Fue la repentina soledad compartida de la tarde diluida ya en el recuerdo, la incesante e intensa soledad la que los descubrió. Ayer, le recuerda, como si ella lo hubiera olvidado ya, ayer estabas conmigo, tu cabeza en mi pecho, una mano en mis rizos, otra en mi costado, ayer tu mejilla en la mía y tu aliento... Tu aliento de tango, de sorpresa compartida, mutua, recíproca, de estupor, de llanto, de risa, tu aliento, nuestros alientos, en uno, el tuyo en el mío y el mío en el tuyo. Tus piernas rotas en el pijama rojo estrecho en tus caderas y amplio en tu cintura. Tu cabello desordenado sobre las cuevas de tu mandíbula y sobre mi boca, único alimento para el alma. Ayer, le recuerda, aunque ella no lo ha olvidado, ayer nos sorprendió, nos sorprendieron los dientes y los cuellos, nos arañaron las venas y las sienes, nos sorprendió ayer en esa irrealidad de buhardilla porque tú y yo sabemos que la realidad no se esconde allí, ni abajo, ni arriba, ni fuera, ni en las calles, ni en la ciudad, ni en los bancos, ni las camisas. La realidad no existe sino para nosotros, le recuerda, aunque ella ya lo sabe, pero él también sabe que le gusta oírle, recordarle que la realidad no existe sino para ellos, que la luz más brillante se convierte en sombra al lado de una pequeña porción de su oscuridad, compartida, mutua, recíproca; que la vida más exuberante se transforma en muerte al lado de un pequeño inhalar, exhalar de su respiración compartida, mutua, recíproca. Ayer, le recuerda, ayer fue nuestro, pero ese ayer, cielo, se convierte en nada al lado de nuestro mañana. Mañana, le promete, compartiremos mañana. Será nuestro, cielo. Nuestro.

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Porque me has prometido que guardarías esa paz – esta paz – en algún rincón de tu semana.

N

1 comentario:

Guille dijo...

Me dijiste que si te abrazaba, pero no me acordaba de qué era lo que harías si lo hacía. Me hiciste despertar, y me engañaste. Pero ya sé por qué lo hiciste, porque ¿qué sentido tiene soñarte cuando puedo vivirte?