miércoles, 4 de mayo de 2011

Des Refusés

¿Te das cuenta de lo que habríamos tenido de haber llegado a tiempo para esa cita? Seríamos leyenda, la leyenda de un pueblo, de un país. Pero a mí se me enganchó el tacón en uno de los dientes que abren amenazadoras las bocas de la calle y el taxi se cansó de esperarnos. Habíamos bajado tarde, además, y esta vez por tu culpa, que te habías afeitado demasiado rápido y habías roto tu mejilla con una mancha roja. Nos habían elegido para pasar a la historia, para protagonizar un drama en un escenario de cierzo y de niebla gris de septiembre. Pero qué más daba la niebla, nuestra historia sería atemporal, así que tan pronto vestiríamos abrigos y gorros de lana como vestidos finos y camisas desabrochadas. Íbamos a ser esa historia que, tarde tras tarde, las yayas cuentan a sus nietos y estos mastican en sus labios redondos. Nosotros, los amantes muertos el uno por el otro en la negativa – siempre presente en cualquier obra de reminiscencia shakesperiana o de tópico clásico – de sus familias ante su amor. Un amor incontenible y eterno, más allá de la muerte y de la tierra pesada y marrón sobre el ataúd. Pero no hubo muerte, porque llegamos tarde a la cita. Tan sólo había que firmar un contrato, un poco de arsénico y ¡puf! teníamos la vida en las memorias de las gentes. Claro que, ahora que reflexiono a cerca de ello, habría sido cómico morir tú con una tirita de colorines – pues no encontramos otra de sobrio beige – en tu a duras penas rasurada mejilla y yo con una contraposto exagerado por el tacón herido. ¿Te nos imaginas, inmortalizados así? Sí que nos haría juego el tonta ella y tonto él.

La Muerte hasta entonces había estado contenta con nosotros. Dijo que le gustaba nuestra historia: cómo habías despeinado mi diadema mientras veíamos una película en blanco y negro y, sobre todo, cómo me habías raptado una noche de casa de mis padres, cuando las persianas estaban ya bajadas. Dijo que solo era necesario un poco de veneno para un final feliz. Y aceptamos, porque queríamos sobrevivir al presente, sobrevivir a los años, sobrevivirnos a nosotros mismos. Pero La Muerte se impacientó porque nosotros no llegábamos y no nos dejó ser leyenda de amor eterno ni cuento para las tardes frías invernales. Se marchó a Teruel porque dijo que allí los amantes daban más literatura y nosotros nos marchamos a nuestra casa y aquí seguimos, una pequeña letra, quizá una mera tilde, en esta triste historia del devenir. No somos lenguas ardientes ni carnes palpitantes que se sacrifican y que brillan como estrellas en el manto del universo junto a Píramo y Tisbe y Ofelia y Eurídice y Romeo y Paris y Acis y Dido. En Zaragoza no hay tumbas con nuestros nombres y no nos recuerda nadie; es más, me temo que han empezado a olvidarnos. Habríamos tenido sendas estatuas, entrelazadas por el meñique. Pero nadie nos dio entonces la muerte: te cortaste, me tropecé, huyó el taxi, huyó la muerte, se amaron en Teruel y a nosotros nos dejaron aquí: olvidados, rotos, vacíos y vivos. Sobre todo, vivos.

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Hemos pasado abril, lo que implica un nuevo relato que no gane el concurso del Heraldo. Pero me gusta, que es lo importante. Por ciero, el relato ganador de este año es muy muy bueno. Comprobadlo por aquí. ¿Alguna opinión respecto al mío?

Cambio y corto.
Nata

2 comentarios:

Guille dijo...

Corto, ese fue el problema, ¿verdad? Límites absurdos a la creatividad. Pero en realidad no se trata de ganar o no. ¡Sino de aprender! Tanto escribiendo como leyendo. Y tú, Nata, lo que haces es aprender con pasos agigantados.

Es un relato muy original, y aunque ya lo hubiera leído, sigue sorprendiéndome, y me gusta mucho.

¡Animo, ya estás más cerca!

PS: Pero más me gustas tú, y más. Un mondtom más. ¿Me esperas?

Anónimo dijo...

Brutal. De lo mejor que he leído tuyo. Al fin dejo un comentario en tu blog ;)
Mañana te veo.
Martín