domingo, 29 de julio de 2012

Tú y yo y… (vol.1)

Despertarse en esa ciudad cuya historia se enlaza con la nuestra, apagar el despertador como si fuésemos niños que no quieren ir al colegio, que no quieren perderse en esta ciudad que ya es suya, que les acoge suavemente entre los ríos de gente; niños que quieren cerrar los ojos de nuevo. Qué maravilloso es poder hacer esto en una ciudad que no es la tuya, que no es la nuestra, ¿o lo es? Te prometo que algún día te llevaré a Londres y será para nosotros dos solos. Levantarse a regañadientes, venga, cielo, que tenemos muchas cosas que hacer, muchos lugares en los que perdernos, en los que volvernos a perder, las cabinas rojas y los postes de correo. Desayunar y manchar el diario de café, salir a comprar al Tesco sin que nadie nos mire, como si todo el mundo diera por hecho que tenemos que estar aquí, allí, juntos. Que nadie se percate en ti en una ciudad extranjera es una bendición; una pareja más que va a comprar su comida preparada para hoy, se irán a comer al parque; pasar inadvertidos, sin mapas en las manos, con la Oyster en el bolsillo. Ver un museo, verte arquear las cejas, poner cara de sorprendido al acercarte a las máquinas de vapor e intentarme explicar en vano qué es un pistón. Fotografiarte a escondidas, decir que no hace falta que saques el paraguas, que no llueve tanto. Comer en el parque o un fish and chips con coca cola y luego ese instante maravilloso en el que no saber qué hacer. ¡No saber qué hacer en Londres! Como si nos sumergiésemos en una tarde de verano de Zaragoza en la que ya nos hemos tomado una horchata. Pero no, esto es Londres y hemos conseguido hacerlo nuestro, hemos conseguido desprendernos de la etiqueta de turistas e irnos a cenar a una taberna tradicional, a tomar un café a media tarde, como si no tuviéramos nada que hacer, sabiendo dulcemente que si no lloviese tanto me llevarías al parque y me confundirías y parecería que todo es como siempre, sin coches conduciendo izquierda ni libros de cómo ser británico. Es curioso que seas capaz de llevar nuestra casa a cuestas, a las espaldas, vayamos donde vayamos. Y jugar al carpe diem y a que hoy es hoy y a que nunca vamos a volver. Enrarecer Zaragoza y normalizar el viaje, las legañas y las duchas a media tarde, el cenar a las siete y los colores de las lineas del metro. Y entonces, de nuevo, el instante maravilloso: descubrirme pensando en algo que no seas tú, sin tener la necesidad de echarte de menos. Dar por sentado tu presencia junto a la mía, no tener que buscar tu mano porque tú te adelantas y me besas en los labios, porque estás ahí, siempre estarás y así es como ha de ser, sin perder tiempo en imaginar, tan solo bajar de golpe a la realidad, poner los pies en la tierra, en una tierra extranjera que no lo es, que es nuestra porque nos deja estar juntos.

1 comentario:

Guillermo Blanco dijo...

¡Pero, cosa! Que yo no soy capaz de llevarme nuestra casa a ninguna parte si no estás tú, porque eres tú mi casita. Si no vamos juntos no estoy en casa y hasta que no vuelvo a ti todo es raro y extranjero.

Así que "¡Ala, ven! ¡Que quiero entrar ya en casita (google chrome...) donde quiera que sea: Zaragoza, Villanueva, Huesca, Londres, Liverpool, Madrid, Munuch, Cambrils...

Te amo, duga. Si no es por ti nada de esto habria tenido cabida.