martes, 31 de julio de 2012

Tú y yo y… (vol.2)


Recuerdo un día de enero, de ese enero mágico del 2010, cuando tú cumplías los dieciocho y yo empezaba a asistir a casi todas las clases de inglés, en el que empezaste a cantar muy bajito All together now, a tararear, a jugar con la canción, mientras sacabas el libro de tu mochila, mientras intentabas ignorarme, a mí, una chica que se sentaba a tu lado y te miraba de reojo y sonreía para sus adentros porque era gracioso saber que intentabas hacer de tu melodía algo espontáneo y lo único que querías era que me fijara en ti otra vez y que pensase le gustan los Beatles. Me hacían sonreír tus mensajes intentando hablar de Paul y John, mezclando sus voces, sus identidades, como si fueras un estudiante que confunde los apuntes o que no es capaz de leer sus garabatos a lapiz, como tampoco podías leer entonces mi letra de adolescente tímida que guardaba todo para sí; el día que nos conocimos te quedaste mirando mi cuaderno mucho rato, con ese atrevimiento que tanto me sorprendió, y no fuiste capaz de entender nada, nada más allá que el nombre de Ringo, que rodeaste con tu lapiz de punta redondeada, y entonces te volviste hacia mi con una interrogación en la mirada pero con una sonrisa en los labios porque ya sabías cómo hacerme hablar, cómo era, lo perdida que estaba. Supongo que fue ahí donde empezó todo, cuando al interesarte por mí te interesaste por ellos y, poco a poco, yo los fui redescubriendo gracias a los paseos contigo en los que querías darme la mano. Entendí también el significado del ayer del primer beso y el hoy sombrío en el que no estás. Me adentraste en la complejidad de sus últimos años, el álbum blanco que era tu favorito, en el que ya no bastaban las letras ingeniosas sino que había dolor, desgarro, también simpatía, madurez, ruptura y mucho amor, mucho amor real, no del de las películas, sino el de la música de Los Beatles, el nuestro. El día que me pediste salir me compré Abbey Road; me llegaban a América tus emails llamándome honey pie y me decías, cruza el Atlántico, vuelve a mí, vuelve a casa; te prohibiste a ti mismo escuchar Rubber Soul, qué disco tan bueno, qué disco tan triste; una tarde suspendida de octubre yo lloraba y te pedi que pusieses Let It Be: el mágico inicio, uno de los últimos duetos de corazón Lennon/McCa, uno de nuestros primeros talismanes, nuestra primera canción. Ellos han sido una suerte (sonríe) de hilo conductor de todas las primeras cosas que hemos hecho juntos; nuestro primer viaje ha sido esta peregrinación en la que te has embarcado conmigo porque Londres, Londres es mucho Londres, pero Liverpool era un empezar de cero, discutir por las direcciones, por dónde comer, por qué hacer. Discutir y reir cuando decías Anda, qué casualidad, una canción de los Beatles como reía cuando intentabas sorprenderme al hablar de ellos y aun no te atrevías a pasarme el brazo por encima del hombro. Así que me guiaste hasta aquí, hasta allí, hasta Liverpool, igual que me llevabas hasta la Caverna y ya no teníamos que fingir porque era de verdad, los ladrillos, las guitarras, el techo, tu cara de niño al decir esto es como una iglesia del rock. Captar tu mirada de vez en cuando, tu mirada protectora – I look after you like I’ve never done before –, pendiente a cada instante de que yo estuviese bien, de que este viaje fuese lo que yo había anhelado, que tuviese la sesión de Caverna que me merecía, las camisetas que yo quería, las gafas de John Lennon, la chapa de George Harrison. Y si quería una canción, la pedías por mí, aunque pocas veces nos hacían caso, excepto esa vez que nos dedicaron casi sin querer And I love her y en eso se resume todo, a fin de cuentas, en que sé que me quieres, lo sé por la forma en que sonreías al verme cantar una y otra vez las mismas canciones, al vivir detenida por una semana en los años sesenta, con Los Beatles, con los habitantes desconocidos que nos observaban cómplices y contigo, sobre todo contigo, que señalabas desde la ventana del autobús y decías Nata, esa será nuestra casa.

1 comentario:

Guillermo Blanco dijo...

Jo, Nata, tienes razón. Esta entrada no es suficientemente chachi, no. Le falta un no sé qué... ¿verdad?...

Pero, ¡serás pedorra!¡Por favor! ¡No hay quién te aguante! "Sonríe" escribes entre paréntesis justo después de tu "suerte". Es que no te falta desdén ¿eh? Como si no bastara con "una suerte" y contigo para hacerme sonreír.

En realidad, casita, soy un egoísta. Hago todas estas cosas estas cosas para hacerte feliz, sí. Pero te hago feliz porque es entonces cuando yo me lo paso bien. Ya no conozco otra forma de diversión, ni otra manera de alegrarme, por que me he acostumbrado a tenerte aquí a mi lado. Y si me faltas tu, si no sonríes... Lo siento, siento utilizarte de esta manera. (Jajaja) :)

Pero, ¡a que me perdonas!