miércoles, 17 de octubre de 2012

Pelo verde a través del espejo (o de Degas y las mujeres peinándose)


Quisiera en tu cabellera
de oro soñar para siempre.
FEDERICO GARCÍA LORCA.

Si dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos sida o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

MARIO BENEDETTI.

Cuando llego a casa siempre estoy despeinada. Me miro en el espejo del ascensor y pienso que tú, hasta hace unos instantes, me has visto así, con los ojos algo rojos por las lentillas, con el moño deshecho en imposibles mechones. Las imperfecciones súbitas del rostro pero la perfección constante de la sonrisa. Pienso que si tú me verás así, tan de niña de las ocho de tarde, a veces con la mochila o con una camisa demasiado grande; pienso que, probablemente, antes de conocerte siempre estuviera despeinada. Jamás me paré a mirarme en el espejo. Antes de conocerte, al salir de la ducha, solía cantar alguna canción y eso era todo. Después, cuando eras presencia ininterrumpida, incluso en tu ausencia prolongada de jueves a jueves, al salir de la ducha, cuando emprendía la hazaña rutinaria de secarme el pelo, me miraba y pensaba para mí que era una pena que nadie me pudiera ver así, en albornoz, o en pijama, con el pelo suelo, a medio secar, más ondulado que nunca, con la cara rosa por las gotas que caían por mi espalda: mujer, sin saberlo, de Degas.

Supongo que antes de conocerte estaba siempre despeinada, pero después aprendí a apreciarme a mí misma: me compré vestidos, te prometí que me iba a dejar de morder las uñas. Aun así, los peinados siempre me quedaban mejor cuando me los hacía a solas en casa. Esperaba tu aprobación para todo, recuerdo comprarme mis primeros tacones y enviarte un mensaje para contártelo. Para entonces ya no estaba tan despeinada. Y ahora, cuando vuelvo a casa, después de un café rápido contigo, ese paréntesis mágico en el devenir incansable y cansino de la semana, ahora estoy despeinada y pienso que tú me has visto así y que quizá no estaba tan guapa como creía. Pero da igual, porque  ¿acaso no es bonito otorgar belleza a alguien? Estar contigo me hace más bonita.

Creo que Yves Saint-Laurent fue el que dijo estas dos verdades: lo más importante en un vestido es la mujer que lo lleva puesto y para ser hermosa, lo que una mujer necesita es un suéter negro, una falda negra y caminar del brazo de un hombre que ame. Otorgar belleza, hacer que una niña se convierta en una chica bonita. Ver más allá de su camisa de leñador, de sus converse negras que se había comprado para ir a Paris, de sus abrigos ridiculamente grandes o de su pelo mal planchado. También reirte al ver lo nerviosa y deseosa que está al estrenar un vestido, unos zapatos, una chaqueta porque sabes que lo hace para ti, para estar guapa para ti. Igual que hace todo para ti, aprenderse el alfabeto fonético y recogerse el pelo con las únicas cuatro horquillas que tiene.

Cuando llego al ascensor y el espejo me traiciona y me dice que estoy despeinada, tú en mi cabeza te transformas en Pedro Salinas y dices eso de

Por detrás de ti te busco.
No en tu espejo, no en tu letra,
ni en tu alma.
Detrás, más allá.

buscarme (y encontrarme) donde nadie me conoce, en el agotamiento de las ocho de la noche, en el frío de los bancos de febrero o en el moño mal hecho del desayuno; sigue buscándome más allá del espejo porque cada vez que me dices buenos días, preciosa me haces un poco más bonita.

1 comentario:

Guillermo Blanco dijo...

Pues si, porque aunque estés despeinada, aunque tengas los ojitos rojos, yo sigo viéndote igual. Chachi, feliz y ¡mia!