sábado, 14 de febrero de 2009

Tonta ella y tonto él...


"Murieron como vivieron,
y como cuando vivían
uno por otro morían
uno por otro murieron…”
(Juan de Tarsis)


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Mi corazón no late. Cinco años atrás ya dejo de hacerlo. Mas hoy el cielo me parece más azul, el sol más brillante, porque hoy mi corazón renacerá. Cinco años atravesando corazones moros que latían más que el mío… Cinco años enriqueciéndome, sin tener objeto alguno para ello más que algún día ser digno de tomar su bella mano… El silbido de la espada ha sido el único sonido que he escuchado. ¡Oh, cuánto ansío ahora escuchar su voz! ¡Tan dulce, tintineante, argentina, clara, cual arroyo descendiendo montaña abajo! El eco de sus últimas palabras en mis oídos aun reina, y este ha sido el motivo que me ha movido a continuar. “Marcha. Te esperaré”.

Había sucedido cuando yo aun era un mozuelo, sin curtir y más pobre que rico. Mi mente infantil estaba envuelta por naderías, y parecía que las quince primaveras de mi vida ya pesaban demasiado. Hasta que un día, la vi por primera vez. El sol quemaba mi espalda, pero un sudor frío la recorrió. Los rayos del astro me cegaron y quizá por eso creí que vivía una extraña alucinación. Una bella rosa floreciente, rozando el auge de una belleza pura e inocente. La luz plateaba sus cabellos. Y me sonrió. A mí. Cuando desapareció de mi campo de visión, su rostro anguloso ya se había quedado grabado en mi mente, al igual que lo habían hecho sus sinuosos andares y su encantadora sonrisa. Tras ese día, descubrí que su nombre era Isabel de Segura, hija de Pedro de Segura, señor muy acomodado que amaba a su hija con todo el corazón y respondía siempre a sus deseos. Observarla se convirtió en mi interés principal, pues mis esperanzas de cortejarla parecían ser casi nulas, debido a ese abismo que se abría entre nosotros.

Cierto día, caminaba yo por Teruel sin otro rumbo en la mente que el que mis pies dictaran, cuando reconocí la inconfundible silueta de Isabel a unos pocos pasos de mí. Mi corazón se aceleró al ver que un fino pañuelo de seda se resbalaba entre sus dedos y caía al suelo. Anduve, intentando reprimir mis ansias de correr, y lo recogí con delicadeza, como si temiese que se fuera a romper. Ella seguía caminando, pero con paso suave, por lo que no me costó demasiado tiempo alcanzarla. Al detenerme frente a ella, cuando sus ojos se clavaron en mí, dibujada en ellos una mezcla de desconcierto y dulzura, alargué la mano y tendí el pañuelo. Isabel lo rozó con sus dedos, pero no lo tomó, me miraba fijamente, con mirada inquisidora, como esperando que yo dijera algo.

- Señorita, creo que esto es suyo – dije, en voz demasiado alta, pues me resultaba imposible controlarla debido al temblor que había asaltado a mi ser.
- Le estoy muy agradecida…- se detuvo. ¡Había tanta melosidad retenida en su voz que me resultó casi imposible ser dueño de mi razón y recordar mi propio nombre!
- Diego… Diego Martínez de Marcilla para servirla – logré murmurar, ahora bajando la voz a la par que la mirada.
- Gracias – repuso ella, tras esperar unos angustiosos segundos. ¡Y ahora marcharía y jamás tendría mejor oportunidad para hablar con ella! ¡Cuán estúpido era! Para cuando levanté la mirada, ella seguía allí.
- Para lo que quiera – dije, y ella tomó el pañuelo, me sonrió – quizá por última vez – y se dio la vuelta para marchar.
- Espere – susurré, e Isabel me llenó con la profundidad de su mirar de nuevo.

¡No puedo responder de lo que ocurrió a continuación! Las palabras salieron de mi boca a borbotones, pero no era yo quien hablaba, sino el profundo anhelo que desde mi corazón se desahogaba. Por eso me sorprendí a mí mismo cuando, tomando con cuidado la mano de ella, dije:

- Isabel, pese a que sea la vez primera que pronuncie su nombre, he de decirle que la amo fervientemente y que mi más ardiente deseo es tomarla como esposa.

Ella había palidecido por la sorpresa pero sus ojos aún me sonreían.

- Sería la mujer más feliz si su deseo se cumpliera – murmuró, estrechando con fuerza mi mano.
- Y yo, el hombre más afortunado.
- Desde que lo vi por primera vez, un anhelo parecido ha hecho mella en mi corazón, pese a que su nombre no conociera – dijo Isabel -. Ahora que lo conozco, y que veo que soy correspondida, se me hace pedazos el alma cuando le digo que todo esto jamás sería posible.
- ¡Pero la amo! – exclamé, como si aquello fuera suficiente.
- Y yo lo amo, pero mi padre, por mucho que me quiera, no permitiría que me casase con un hombre que, aunque amante y amado, no posea tierras y propiedades.
- ¡Las conseguiré! – prometí.
- ¿Cómo?
- Haré lo imposible para lograrlo.
- ¿Y cuando será eso? – preguntó Isabel, con los ojos brillantes por la emoción.
- Dame cinco años. En cinco años estaré de nuevo aquí y su espera me convertirá en el hombre más feliz.
- Marcha. Te esperaré.

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¡Feliz día de San Valentín! Y para los solteros como yo, feliz sábado ^^
Mañana o pasado a más tardar, colgaré la continuación. Como supongo que sabréis, se trata de la historia de los amantes de Teruel, que es muy bonita. La seguiré pronto. Espero qe os guste.
Besos
Nat

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Tonto ella y tonto él? ¿Pero que clase de titulo es ese, Natalia? A mi me parece precioso.. y son muy valientes, pobrecitos. Al final se morirán, verdad? Me suena que lo de los amantes de Teruel era un Romeo y Julieta a la española.. me gusta. Me ha gustado muchisimo, asi que sube pronto otro capitulo. =)

Natalia dijo...

Yaii no sabes el refrán? Los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él

De ahí viene el título. Para mí la única tonta es ella. Ya veréis.

Besos!

Ladynere dijo...

Cómo que la única tonta es ella? Con lo bonita que es la leyenda...

¿has visto el mausoleo y las momias? Es precioso *¬*
Ains.