domingo, 12 de febrero de 2012

Me voy a Liverpool (o de bailar en la Caverna)

I'm leaving town, baby
I'm leaving town for sure

Él se había escapado en un avión a Liverpool, con sus últimas pesetas escondidas en las costuras de los bolsillos, lo poco que le quedaba después de su viaje a Hamburgo, después de las fiestas en el puerto de agua turbulentas, con tanta gente que hablaba un idioma extraño, después de servir copas en un bar de mala muerte y dormir en habitaciones que aun olían a alcohol derramado. Él se había escapado a Liverpool porque, una noche, les había servido unas cervezas a cinco chicos que vestían pantalones de cuero y hablaban un inglés que luego aprendió a reconocer como del norte; uno de ellos huía de la cerveza para ir a bailar con una chica de rasgos afilados, germanos y de pelo ridículamente corto; otro de ellos le produjo antipatía inmediata por la forma en que miraba al corro de chicas que se cercaba sobre él; otro, el más joven, no sabía aun sujetar el cigarro de forma adecuada y algo de ceniza cayó sobre su vaso mientras trataba de arreglarse el tupe extrañamente rebelde; el de la nariz tan peculiar miraba abstraído más allá de la barra, con una mirada forzada, miope y bebido y el otro, Paul, el único que dijo su nombre, el más agradable, el look-at-me-I-am-a-good-boy, fue quien le dijo que volverían a Liverpool y que tocarían en un garito que se llamaba La Caverna, que se fuera a verlos, que lo iba a disfrutar. Y así acabaría encontrándose con esa chica sin maquillar que, en su primera noche en Liverpool ya estaba afónica de tanto gritar y que resulta que era española y que se sabía Ain’t She Sweet de memoria y que madrugaba por las mañanas para buscar a los cinco chicos que ya eran cuatro, porque Stuart – él más tarde se aprendió el nombre – se había enamorado de su chica y en una nueva locura se había quedado en Hamburgo y, además, habían echado al engreído de mirada antipática para sustituirlo por otro chico con más talento y mejor sonrisa, el favorito de esa chica que había huido a Liverpool en ferry y que se había inventado una coartada de academia de inglés y uniformes de señorita a cuadros solo para ver a esos cuatro chicos que habían llegado a ella a través de un LP con el nombre de Tony Sheridan escrito en mayúsculas. Ella había huido a Liverpool y hablaba inglés copiando el acento de esos cuatro chicos que la volvían loca y a los que gritaba y con los que cantaba en ese espacio angosto y alargado de paredes sucias, donde lo conoció a él y él le dijo que la había visto allí, sola, gritando en español y perdiendo la voz, con el pelo suelto, cortito, con ese perfume a juventud y a rabia y a libertad, y solo tenía diecisiete años –yeah, you know what I mean- y, tras bailar con ella una sola vez, ya sabía que no podría bailar jamás con ninguna otra chica.

3 comentarios:

Natalia dijo...

—Quédate aquí conmigo, hasta que pueda volver a España.
—Vale
—¿O no quieres volver?
—No.

Guille dijo...

Greatest first 2-year-together weekend ever!

Juan Antonio dijo...

Todo viaje es de algún modo un rito de iniciación. Preciosos tus textos.