Recuerdo que la llama del mechero se extinguió lentamente y que perdí su silueta en la oscuridad. Le busqué en la sombra. Le encontré temblando, mudo. Apenas podía sostenerse en pie y se arrastró hasta un rincón. Le abracé y le besé la frente. No se movía. Palpé su rostro con los dedos, pero no había lágrimas. Creí que tal vez, inconscientemente, lo había sabido durante todos aquellos años, que quizá aquel encuentro era necesario para enfrentarse a la certeza y liberarse. Habíamos llegado al final del camino.
Lo mío con Carlos Ruiz Zafón fue cosa del destino. Aquel agosto, en sus primeros días, en que yo me encontraba en un lugar que se me hace extraño y en compañía de personas a las que ya no regresaré. La Sombra del Viento reposaba en la mesilla, una mera sombra, haciendo gala del título de la novela. Leí ¿cuántas? ¿cinco páginas? ¿Qué tenía entonces que, cuando llegué a Jaca, a casa de mis primas, apareció de nuevo y me atrapó por completo? ¿Y qué sigue teniendo ahora que, con el paso de los años, me sigue estremeciendo y hace que las lágrimas acudan a mis ojos?
Siempre me digo, parafraseando al propio Zafón, que tarde o temprano - no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos - voy a regresar. Pienso que quizá estoy sobrevalorando un libro, porque en un momento determinado de mi vida en que me encontraba de una manera determinada me apoyó y encontré en él un amigo. Pero una leve vistazo a cualquiera de sus páginas evapora todas mis dudas. Este es mi libro, y me da igual que a la gente no le parezca tan perfecto, porque a mí sí que me lo parece. Me da igual que me repitan que cómo puedo volvermelo a leer, porque sé que lo haré de nuevo, pronto o tarde.
Me da igual, porque La Sombra del Viento fue el libro que me empujó a todo y no lo cambiaría por nada, como si del propio Daniel Sempere me tratase. A estas alturas, habiéndolo devorado ya en tres ocasiones, me sigue maravillando, porque escenas como las de arriba me transmiten tantas cosas...
Besos
N
P.S. Ahora emprendo El nombre de la rosa, que me da en la nariz que no me va a decepcionar.


