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martes, 31 de diciembre de 2013

Trece


El 2013 se nos va. Y la verdad, ha sido un buen año (pese a no haber estado muy presente por el blog). Cumplió en enero cinco añitos y en ese momento no me encontraba con muchas fuerzas para seguir adelante. El 2012 fue un año un poco feo, de bastantes desilusiones, y por eso el cumple del blog, aunque en enero, fue algo amargo. Pero seguimos adelante. Y una de las cosas que más me gusta hacer en esta ventanita al universo es recordar el año que se va. Y el 2013 se nos va.

Este año, para que nos vamos a engañar, no he escrito mucho. Pero he hecho otras muchas cosas. Empezando por escribir, sí, pero cositas más pequeñas: en el inicio del año me propuse guardar en un botecito papeles con todas las cosas buenas que me fueran pasando. A los pocos meses, el bote se rompió y tuvo que ser sustuido por una hucha de vaca. Y estoy super contenta porque la vaquita se ha quedado pequeña para la cantidad de cosas buenas que he ido almacenando. Esta tarde lo he abierto y ha sido genial re-encontrarme con mi yo del pasado, esa chica de inicios de enero, o la de octubre… Qué poquito a poco se va cambiando y cuántas cosas pueden pasar en un año.

¿Cositas buenas? Muchas, sin duda. Por ejemplo, gané el Primer Premio de Relato de mi facultad, con Los mundos posibles. También estrenamos “Sueño de una noche de verano” con nuestro grupo de teatro, donde seguíamos encontrándonos una y otra vez como Hermia y Lisandro. ¿Qué más? También leí una biogafría preciosa de Leonardo da Vinci, quien se ha convertido en otro amor platónico. No encuentro mucho orden en mis memorias, pero sin duda mencionaré que me he enganchado a Doctor Who y he viajado por miles de planetas, aunque para eso a veces no hace falta que la tele esté enchufada. Hemos continuado con nuestra maravillosa (no)rutina de café por las tardes, churros si es domingo, comida china a casa, o (tú) el bocadillo 13 en el Gavilla pero también hemos viajado en el tiempo, como cuando oímos por primera vez  sonar ese teléfono rojo que me regalaste por los 20 años. ¡Ah, sí! Ya tengo 20 años – esto de haber abandonado el blog hace más dificil recopilar todo – y me he empachado a lacasitos, batidos de oreo y NY Cheesecake.

Mención aparte merece el viaje de verano. La verdad es que hay poquitas cosas mejores. Ya decía el año pasado que el verano es como un oasis, y el verano del 2013 sin duda lo ha sido. Descubrimos Italia y la verdad es que al mirar atrás no hay nada que no me guste: los desayunos improvisados, la pizza al taglio mirando el Panteón, el paseo en góndola. Después de dejar de morderme las uñas y de que me regalaras un anillo precioso, nos fuimos a la Beatle Week, aunque fue solo un finde. Me invitaste a scotch cola y vimos un precioso homenaje a George Harrison.

También este año he empezado a estudiar alemán – Ich spreche nur ein bisschen Deutsch aber es gefällt mir sehr gut! – y es perfecto porque nos vemos los lunes y los miércoles. Además, ¡he firmado mi primer contrato de trabajo! y desde septiembre lidio con los peques en una preciosa academia de la ciudad. Un proyecto que, aunque sacrificado, me va a ayudar mucho en el futuro, estoy segura.

Pero no todo iba a ser bonito. Ha habido cosas malas. En mayo me dio un bajón físico terrible, con el estrés de los exámenes y del trabajo, me desmayé en el tranvía y a partir de ahí necesité azucar constantemente. Pero salí adelante – la verdad es que el paraíso que es Creixell ayuda mucho-. Uno de los golpes más duros del año ha sido sin duda la pérdida de mi tía Ade. Han sido momentos angustiosos pero que hemos sabido superar en familia y que nos han ayudado a saber valorar un poquito más lo que tenemos. La echo muchísimo de menos, y de forma inesperada, me vienen a la cabeza recuerdos de momentos pasados con ella, como lo bien que me hacía el moño los días del Pilar o las pizzas tan ricas que nos hacía cuando nos quedábamos a dormir. La última vez que la vi no paraba de repetirme lo guapa que estaba. Ella sí que era bellísima, y ahora está sin duda cuidando de nosotros desde arriba. Otras cosita fea de este año – o de estos últimos meses – ha sido el cansancio: con el trabajo, acabo agotada los días. Y trabajar en Navidad no ayuda nada de nada. Pero siempre tengo quien me apoya y cuando me quedo sola, tengo la música de los Beatles.

Muchas veces se reduce a eso. A crecer, decía el año pasado, a crecer y a seguir adelante, escuchando los Beatles y refugiándote en esas personas que siempre están ahí. Desde septiembre, me declaré fiel seguidora de la filosofía a lo Harrison. He intentado inaugurar una nueva forma de ver la vida: más positiva, más despreocupada, a veces más egoísta. Y, si me da el bajón, escucho Old Brown Shoe o a John Lennon cantando que si algo no te parece bien, leave a message on the phone and tell them to screw it.

Aunque a veces ni los Beatles lo pueden solucionar y es entonces cuando entran en juego otras personas importantes. Mi familia, ante todo mi mamá, que siempre se sienta a escucharme y con quien brindo con vodka con caramelo siempre que nos es posible y mi abuela Charo, co-fundadora de nuestras eternas sobrmesas; mis amigos, sobre todo María, Carlota y Pablo, siempre dispuestos a echar café y a descubrir la literatura por nuestros propios medios; Nerea, con quien comparto cada día más y más, siempre delante de un café bien cargado y un croissant recién hecho; Luz, que pese a la distancia, sigue estando bien cerquita; mi señorita Starr que, como ella sabe, me alivia del día a día con nuestros pequeños big-bangs de los Beatles; y bueno, por supuesto, mi chico, Guille, a quien no solo quiero con locura, sino que es el que está siempre al pie del cañón, limpiándome las lágrimas, alegrándose de mis éxitos, recompensando mi esfuerzo y, lo mejor, dándome refugio, descanso y paz y conduciéndome poquito a poco a casa.

Creo que si he de hacer balance, puedo decir que el 2013 ha sido un año en el que he aprendido a valorar más lo que tengo, a fijarme en pequeños detalles, a no dejarme llevar por la tristeza fácil, y en el que me he conocido mejor a mí misma, mis fuerzas y mis límites. Creo que ha sido un buen año, con momentos duros pero que he superado, y desde esta actitud positiva, un año que puede convertirse en un año de transición hacia un bonito futuro, más pleno, lleno de nuevas experiencias.

Así que, 2014, ¿estás preparado?
¡Porque Natalia no te va a dejar parar!

¡Feliz, pero feliz de verdad, año nuevo!
2014, ¡allá vamos!

sábado, 16 de noviembre de 2013

Lo único que hiciste fue ayer.


Muchas veces él la mira, o la imagina – cuando está lejos, solo puede imaginarla –, él piensa en ella mirando al vacío, aunque en realidad no es el vacío, sino que es esa marañana de pensamiento, esa telaraña de conciencia, desde donde la echa terriblemente de menos, cuando la imagina, o desde donde la desea terriblemente, cuando la mira, y desde donde le muerde el dolor al preguntarse cómo puede ella dormir sin decirle a él que le echa de menos, que le desea, que no puede vivir, respirar, ver ni imaginar sin él; le muerde el dolor intenso, como una serpiente que sube por el pecho, al preguntarse cómo puede dormir ella sin gritar de amor a cada segundo, cuando la garganta de él es un nido de pájaros que no callarían nunca, si quisiera escucharle, aunque si no los alimentaran seguirían cantando hasta desfallecer; cómo puede dormir ella sin sentir ese pinchazo, esa necesidad constante que siente él, de recordarle que es él gracias a ella, que parece que todo lo que realmente estaba haciendo era esperarla. Muchas veces él la mira, o la imagina, y odia su silencio y le dan ganas de hacer callar a sus pájaros, de dejar la mente en blanco, de salir de la buhardilla de los lienzos detenidos por la arteria que llora, de los labios que lloran, del cráneo que llora, salir y aclimatarse e imitarla, y ser como ella, tan callada, tan lejana, y dejar de escribir, dejar de mirar, dejar de imaginar, dejar de decir y empezar a no decir, que no es lo mismo que callar, porque el que no-dice es que sencillamente ha olvidado lo que quería decir, lo bonito, lo feo, los cafés, el hollín, el agua salada, la leche, las anéctodas, las enciclopedias, lo  banal, lo importante; el que no-dice es que sencillamente se ha olvidado de lo que quería decir, a fuerza de esperar y esperar a ser escuchado, a ser entendido y por eso, por fin, puede dormir.

Descíframe y juega a entenderme.

domingo, 27 de octubre de 2013

domingo, 22 de septiembre de 2013

43 minutos.

Le están volviendo loca, los armarios, las mesas, los pomos de la puertas, el suelo frío bajo los pies y los solos de guitarra. La voz de Lennon, el ritmo del bajo, la canción que se desliza y se pega a su espalda y a sus tobillos, la canción ondulante. La canción que imita a olas, que parece que se pierde y vuelve a mojar la arena, una y otra y otra vez. Es una canción como de directo imposible, de concentración celestial o quizá de abandono total, como su abandono, su abandono en la nuca o en los lunares.

Porque el amor lo es todo, el amor es todo, el amor es el silencio detrás de las voces de los Beatles, las armonías perfectas, pero también es la olla manchada después de concinar espaguetis o el suelo repleto de queso, o las miradas perdidas en el espejo tras una ducha. El amor son ellos.

Y a veces, hace falta subir, subir, subir muy alto, porque a veces la vida te ha dejado muy, muy, muy, bajo, los amigos que te olvidan, los pisotones, las traiciones, el sabor amargo del rencor. Y a veces el amor es eso, volver a empezar, volver a subir, porque a veces hace falta subir y necesitas ese empujón, esa mano caliente en tu espalda mientras conectas unos altavoces o ese beso en la raíz del pelo cuando estás llorando, o esa mano que aparta el dedo del gatillo de esa pistola con la que a veces te apuntas tú misma.

Y por qué no, por qué no dejar de torturarte y dejarte llevar, nadie, nadie nos está observando, nadie está escuchando esta música ni sintiendo esta electricidad, nadie ve, nadie entiende, por qué no deslizar un dedo sobre los labios del otro y dibujarlo, o por qué no subir el volumen o caminar por la carretera. Cambiar, cambiar, como McCa cuando cambia de voz en Anthology, como si se cansara, esa voz de Oh Darling y esa voz de niño bueno de Liverpool, cambiar y encontrarse las cosquillas o las pausas.

Aunque a veces la temperatura sube, como la fiebre de George en Roll Over Beethoven, o el mono de Lennon, que quiere huir y huir cuando es demasiado tarde. Las palabras de explicación, el ya no quiero más, la calma después de la tormenta, o la calma que precede a la tormenta, ya no recuerda.

Quizá el mundo estaba esperándoos tan solo a vosotros: habéis roto todas las reglas con este amor pausado, como de juego, como de ensayo, como tan poco a poco, como tan maduro e infantil al mismo tiempo, como tan futuro y tan pasado y tan presente, tan ahora, tan para siempre.

Y hay momentos malos, momentos en que no se puede más, momentos en que todo parece efímero y perecedero, en que os sentís solos, demasiado viejos para ser tan jóvenes, pero otras veces os sentís del universo, del universo entero, como estrellas o galaxias, como ahora en que todo vuelve a empezar, en que las palabras de disculpa o las excusas se han perdido con las sesiones de Abbey Road y todo es remolino, todo son dientes, cuando todos los cuervos vuelan espantados.

Como ahora o como cuando le dices que la quieres, que la quieres desde el momento en que la viste; como cuando dices que las quieres porque es dulce y adorable, sí, es verdad, que la quieres más y más a cada momento, que la quieres ahora, en este ahora que se alarga y se desliza, este ahora de años y de porvenires.

A veces, sin embargo, parece que no sabéis desenvolver vuestro amor. Os quedáis parados, aunque sabéis que el mundo se está moviendo, como el suelo frío que desaparece cuando la levantas por el aire, tomándola de la cintura o cuando la haces bailar sobre tus pies. Parece que no hacéis otra cosa más que envejecer, mientras la guitarra de Harrison llora y llora y llora.

Y ella también llora muchas veces de felicidad, aunque parece que no hayas hecho nada, tan solo envejecer, tan solo dormirte a su lado. Te preguntas por qué llora, te preguntas el por qué de muchas, muchas cosas, de ese algo eléctrico, en su sonrisa, su sonrisa que parece saber todo, que parece atarte, ese algo que te vuelve loco, que te hace preguntarte si tu amor crecerá más, como si eso fuera posible.

Pero lo será: será posible. Pasarán horas, segundos y meses. Pasarán cumpleaños y cumpleamores y lo mejor siempre estará por llegar. Pasar la vida juntos, en un mundo sin fin, porque la vida se acaba pero el amor es eterno, vuestro amor será eterno.

Como vosotros dos.
Siempre nosotros dos.

_____________________

Escritura automática con doce canciones de Los Beatles.
Feliz inicio de semana.
El mío lo será sin duda.
N.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Nada extraordinario (filosofía a lo Harrison)

Tomorrow when you rise
another day for you to realize me
or send me down again

Hay días para que te pongas la americana azul y para que te hagas un moño perfecto. Hay otros días para que te entusiasmes al leer un libro o días en que encuentras un verso en una canción que te cambia la vida. Hay días para no hacer nada, para quedarse en pijama y tomar Nesquick. Hay días para estar enferma, hay días para que unos pantalones te sienten mejor o peor. Hay días en que te mueres por recibir abrazos y otros en los que te muerdes las uñas. Hay días en que te encanta la lluvia y hay días en que la aborreces.

Hay días en que pasan cosas extraordinarias: firmas un contrato, te dan tu primer beso, te regalan un anillo, te despiertas en otra ciudad, tus ojos brillan más que nunca, te traen el desayuno a la cama, la trenza te queda perfecta. Hay días, en cambio, ordinarios, en los que nada te sorprende, todo te aburre, todo te supera, excepto las sábanas de la cama o un café bien cargado.

Hay días en que pienso que pocas personas me gustan más que George Harrison. Hay días en que me obsesiona su concepción de que el sol no dura todo el día, pero las nubes tampoco. Hay días en que sencillamente escucho su música y me parece sentirlo cerca, enseñándome. Hoy es uno de esos días. Hoy quiero ponerme sus gafas de corazón y aprender.

Hoy he aprendido que lo maravilloso, lo extraordinario es que hay días. Días ordinarios, tristones o días en que desayunas en Venecia. Días de calor, días de errores. Y he aprendido que solo, tan solo yo puedo decidir.

Este curso, prometo intentarlo. Intentar la filosofía a lo Harrison. Ser yo en todo momento la que decida, sin preocuparme, sin que me pisen, sin que me hagan sentir mal. Ser una persona nueva (Then we were new, canta McCa) y a la vez la misma, porque solo solo yo puedo seguir adelante.

Sed felices, esuchad todo All Things Must Pass.
Y Hare Krishna!
N.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La chica de septiembre.


There are places I remember

Hay lugares que siempre recordaré y, aunque cambien, los recordaré como esas veces en que hemos estado juntos en ellos, como si no los recordara yo sino que los recordáramos juntos. Ahora que vuelve la (no)normalidad o la no-rutina, es como si me re-encontrara con un yo que me estaba esperando aquí desde junio. Es un yo que me guía a las costumbres: escuchar muchas horas los Beatles, como sin quererlo, como música de fondo de los días que pasan, porque en verano se me olvida y los escucho solo en mi cabeza, como si los leyera en una nota a pie de página; escucharlos mientras camino hasta la uni o mientras espero a que toques el timbre; o quizá la costumbre de escribir en el blog mientras estás cenando para darte una sorpresa cuando vuelvas. Es un yo de costumbres, un yo cotidiano, que entre las anotaciones en la agenda, los versos de Lennon o los de Lorca, entre los cafés del mediodía o entre los tic-tac del reloj que suenan que va de un lado para otro de la ciudad, entre todo eso, recuerda esos lugares que siempre recordará como cuando tú y yo estábamos allí.

Y siento esta suerte de desdoble de personalidades, porque aún no me encuentro, aun me siento dividida entre la que seré mañana – el estuche con bolis nuevos, las carpetas con folios en blanco, los propósitos de septiembre, la chica de los cascos enormes que pasea cantando hasta la plaza San Francisco pensando en ti y, a veces, en George Harrison – y entre la que he sido estos tres maravillosos meses: la chica a la que le regalaste un teléfono rojo y que se empachó a lacasitos en su cumpleaños de veinte junios y dos días, la que se mareó con los luppings del Dragon Khan o con la que te quedabas dormido en la playa, en esa hora inexacta de calor abrumador regulado por la brisa del mar azulísimo. O la que se tomaba la horchata disfrutando al máximo tan solo porque los dos sabíais que era la tradición pre-viaje, o la que pasó tanto miedo en el avión de camino a Roma, o la que te descubrió la pizza al taglio en la pizzeria el Capriccio o la que se enamoró un poquito más de ti al ver tu cara de sorpresa al ver el Coliseo por primera vez. Y sí, también la chica que se olvidó la chaqueta el día que visitastéis el Vaticano y la que robó un helado cerca del Il Vitoriano, haciéndote dar un rodeo tremendo para que los perseguidores ficticios os perdieran. La que te hizo andar mil y un kilometros y a la que (pienso, ilusa) mirabas con una sonrisa en la cara mientras contemplaba las estatuas de Bernini o de Miguel Ángel. La chica a la que besaste con el Ponte Vecchio del fondo y la que se enfadó porque no encontró una estatua de Leonardo en la fachada de los Uffizi, o la que se pensaba que las puertas de Ghiberti eran las originales o la que era incapaz de sacarte una foto enfocada con el león de la Loggia. Sí, también esa chica que tuvo que sentarse a medio camino al bajar de la cúpula de Bruneleschi para tomarse un mini-croissant y recuperar las fuerzas o la que dejaba de escucharte cuando el Duomo daba las horas. Sí, lo sé, también la chica de las mil rozaduras en los pies y de los mil y un vestidos, la chica que se quedó embobada al salir de la estación de Venecia y encontrarse un canal, como si no supiera a dónde iba de antemano, o la que encontró como por casualidad el Sottoportego dei Mori o la que se empeñó en comprar pesto para cocinar y definitavemente la chica que se echaba a llorar practicamente cada vez que pisaba la Plaza de San Marcos y la que atesorará tontamente en su cabeza el paseo en góndola como uno de los recuerdos más felices de su vida. Esa que no le dio la gana de aprender cómo utilizar las cafeteras italianas para que tú hicieras todas las mañanas el café y a la que le daba vergüenza bailar el vals que tocaba la orquesta del café Florian. También la chica que te llevó a ver La última cena de Leonardo y a la que le brillaban excesivamente los ojos después de visitar el Castello Sforzesco o después de cenar panzerotti. La que pasó miedo en la estación de metro desierta de Milán y la que casi se deja el bolso con toda la documentación en el tren de camino al aeropuerto. La que cada vez que despegaba un avión te dice que te quiere “por si acaso” o la que se quedó una semana contigo en la playa pese al dolor de muelas. La chica que tachaba los días en un calendario para volver a verte y que se hizo una trenza preciosa de camino a Cambrils para que la vieras guapa tras un viaje de cuatro horas en bus o a la que regalaste un anillo de sorpresa. La chica que te organizó una escapa de dos noches a Liverpool y de la que te reíste por su emoción al pisar Matthew Street o tomar Bangers&Mash. La que se creyó que un imitador era Ringo y la que no se acababa nunca el café del Nero. La que te hizo ir a pedir a la barra de la Caverna scothcola para luego poder decir que la habías invitado a uno o la que metió tan solo camisetas de los Beatles en la maleta.

Aunque, al fin y al cabo, esa chica que apagaba todas las mañanas el despertador antes de que te diera tiempo de despertarte y te echaba la bronca por dormir demasiado, sigue siendo la que escribe esto, la que tiene unas ganas terribles por empezar a trabajar, por comenzar las clases y abrumarte con datos sobre Lingüística o anécdotas pasajeras frente a unos churros de Fama. La verdad es que empiezo a re-encontrarme y ahora miro las fotos, veo los videos, leo el diario y tengo sencillamente esa certeza: que recordaré esos lugares toda mi vida pero de esa manera tan especial, con esa pátina pegajosa y dulce que tiene todo en verano, como el helado de pistacho que se derretía sobre el cucurucho en algún día incierto de julio.

Gracias por esta aventura.
¿Empezamos otra?

jueves, 4 de julio de 2013

De Trevi y los deseos.


Nos vamos poniendo morenos poquito a poco, igual que el curso se fue acabando poquito a poco, llevándose los exámenes, el trabajo, el frío, los vaqueros largos. Ahora ya empieza a oler a maletas y a los helados italianos. Yo ya dije eso de para mí no todos los caminos llevan a Roma, sino a un chico de para entonces 19 años que me presta camisas cuando me voy al extranjero. Ahora yo ya he cumplido 20 y descubro que es cierto, que las monedas que tiré a la Fontana di Trevi para volver junto a él a la Ciudad Eterna parecen haber funcionado, porque el lunes partimos para Italia, a reencontrarnos con esos yo viajeros que tan, tan bien saben. 14 días, 4 destinos: Roma, Florencia, Venecia y Milán. Y muchas, muchas aventuras por vivir. Y, por primera vez, en una ciudad yo llevo ventaja: quizá pueda guiarle por las calles que espero recordar, revisitar ese restaurante con vistas al Panteón, empaparle de arte. Eso sí, no reencontraremos y nos perderemos – eso es lo más dulce – en los verdes de la Toscana, en los canales de Venecia, en las calles de Milán. Una cosa está clara: todos, todos los caminos llegan a casa. Y ya estamos un poquito más cerca.

¡Nos leemos a la vuelta!

domingo, 26 de mayo de 2013

Volar.


A veces quiero que seas lo que no eres y que me digas lo que tú nunca dirías. A veces se me olvida que no eres palabras ni cartas por escribir. A veces se quiero escuchar un “te quiero” aunque ya lo sepa o que abras los ojos cuando en realidad estás dormido. Muchas veces quiero buscarte donde sé que no vas a estar porque en el fondo sé qué estás en un lugar mucho más especial que las palabras, las cenas o los ramos de rosas. Estás en las zapatillas de estar por casa y en los juegos del ahorcado, en los papelitos que acumulamos en una hucha de vaca y en el monstruo de los smint que dice “te comeré a besos”. Y sí, estás en los besos en el cuello o en los ojos, o mis favoritos, los besos en el pelo, cuando estamos viendo Doctor Who y de repente, sin esperarlo, me besas en la raíz del pelo, o en la frente, sin yo haberlo deseado o pedido, solo porque te apetece, un acto automático, sin premeditación, como si fuera un bostezo, o un estornudo o mejor, un escalofrío, un beso en el pelo que llega de repente y se va en silencio. Estás en esos silencios que no necesitan de palabras, en la comodidad de un sofá estrecho o en las dos tazas de Nesquick que se calientan juntas en el microondas. Estás en los masajes en la espalda o en las sienes, en los abrazos, en el arroz a la cubana o en el zumo de naranja que me haces para simular que estamos desayunando juntos. Estás en esos números maravillosos: los casi cuarenta meses que llevamos juntos, los cuarenta y dos días que quedan para que nos vayamos a Italia o, mejor aun, los dos cursos que nos quedan para fugarnos definitivamente de aquí. Pero también estás en los segundos que quedan para que leas esto o en los días que corren para que llegue el jueves y me invites a unos churros, o las semanas que vuelan para que nos hagamos una foto con el Coliseo iluminado o demos un paseo en góndola. Estás en ese salto a la piscina del que te hablaba en la primera carta de nuestro primer aniversario, cuando te tiras de cabeza y quieres llegar hasta lo más hondo, sentir todo lo que nos queda por sentir, pero estás también en cada instante, microinstante, microuniverso que supone el salto en sí, todas y cada una las casillas del calendario que nos deparan sin duda algo maravilloso y algo eterno. Así que perdona si alguna vez me olvido que no estás en las palabras porque no eres en verdad palabra, eres carne y movimiento y ojos y labios – aunque seguiré fallando a veces y pretendiendo que escribas un comentario que me ilumine las horas que faltan para llegar a ti –; perdona si alguna vez olvido que tú eres la mayor sorpresa y el mejor regalo que he tenido, y que sigo teniendo y el que nunca dejará de soprenderme, porque cada día te desenvuelvo un poquito más y más y así irremediablemente me enamoro cada día un poquito más de ti. A veces me olvido de que no eres palabras sino vida y quizá algo mucho mejor: esos signos de puntuación que dan sentido al discurso estúpido y sin rumbo que sería mi vida sin ti, eres las comas que me dan aire, los paréntesis que me abrazan, los puntos y seguidos que me pierden en ti más y más. Eres las alas que obsesionaban a Leonardo – ese Leonardo que hoy te leía en voz alta mientras me hacías un café (o quizá, fantaseo, me observabas en silencio)–, las alas que liberan al hombre y lo hacen volar: eso eres tú, las alas de un pájaro que vuela muy alto y me arrastra hasta el azul más profundo del cielo, el azul más perfecto del mar. (quizá el de ese irish sea de una pequeña ciudad galesa que aun no conocemos porque, al fin y al cabo, eres todas las posibilidades recónditas, las invisibles, las irrealizables, eres la posibilidad eterna, porque te querré en todas las formas, en todas las potencias, en todos los idiomas, en todos los lugares y en todos los océanos del mundo)

martes, 7 de mayo de 2013

Tu alma tibia (sin ti)


¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!

Te dejaré pacer en mis mejillas, pero hoy solo me apetece leer Lorca porque cuando leo Lorca me vuelvo a enamorar, retornar a esa fábula de fuentes, sin alacranes sin hueco de venas o tu soledad esquiva en los hoteles – ¿puede ser algo más bonito que decir las cosas con Lorca? –. (Re)leer a Lorca una y otra vez, perderme poco a poco, (re)enamorándome o (des)enamorándome, descrubiendo el único Nueva York que quiero descrubir, buscarme a mí misma, encontrarme o desencontrarme.  Leer a Lorca ahora es como llorar con las fotos de una pequeña ciudad que no conoces, como si un hipotético futuro hablara de nuestra mi infancia en Menton que no es Menton sino la costa británica o quizá tan solo fábula o cuento; buscar en los huecos – mi nueva obsesión, los huecos y Lorca –, buscar en los huecos y encontrar cabeceras de cama y letras de madera y una posible alma tibia y una posible alma helada y mejillas que se dejan pacer.

viernes, 5 de abril de 2013

El juego de la existencia.


Yet you may see the meaning of within
It is being, it is being

Si se te queda todo pequeño, hay que escuchar Revolver con los ojos cerrados y descubrir que lo pequeño eres tú y murmurar que mañana será otro día, otro día para jugar al juego de la existencia, y seguir andando poco a poco, paso a paso, hasta que se borre todo y se pueda volver a empezar de cero, muy muy lejos de aquí.

Nightynight.

martes, 19 de marzo de 2013

Intimidad.


Aimer, ce n'est pas se regarder l'un l'autre,
c'est regarder ensemble dans la même direction.
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

Tú dices que siempre estamos viajando y supongo que eso es lo bonito, que ya hemos dejado de mirarnos el uno al otro, de sorprendernos por lo que nos sorprendíamos antes, los primeros besos, las primeras fotos, los primeros paseos sin rumbo, hemos dejado de mirarnos el uno al otro aunque a veces asombra repentinamente esa certeza de poseer al otro o el detalle insignificante de un gesto habitual o una palabra o un silencio, a veces nos seguimos conquistando sin quererlo, maravillándonos sin quererlo, como si el enamoramiento se prolongase y creciese, como sin nos inventásemos, aunque podemos decir que, excepto esos destellos rápidos, como flashes de una cámara, o como las notas momentáneamente percetibles de un bajo, hemos dejado de mirarnos el uno al otro y que estamos mirando hacia delante y en la misma dirección; y eso sí que es maravilloso, olvidarnos por instantes del otro porque estamos pensando en el camino, pero en el camino que trazamos juntos, y encontrar derepente la mano del otro, los dedos del otro, la vida del otro junto a la tuya, y es casi como volver a enamorarnos, caminar juntos y descubrirnos en las esquinas, darnos besos rápidos o lentos el poco tiempo que podemos estar juntos, en el momento que hay una pausa para respirar pensar en ti y, sobre todo, en esa dirección compartida, que me evoca desde el futuro ese buzón algún día compartido, ese sofá algún día compartido, esa puerta que algún día será la de nuestra casa; y al final todo parece reducirse a eso, a dejar de mirarnos el uno al otro y mirar hacia delante en la misma dirección, caminar, viajar, avanzar, todo consiste en echarnos de menos para después encontrarnos, como cuando volvamos de trabajar y compartamos la cena. Porque llegará un día en que habremos llegado y podamos mirarnos de nuevo el uno al otro y volvernos a aprendernos de memoria, memorizarnos desde lo insignificante hasta lo superlativo, enamorarnos de nuevo mientras nos recordamos el uno al otro el camino que ya habremos dejado a nuestra espalda.

domingo, 17 de marzo de 2013

Baila conmigo.

A veces el suelo desaparece bajo los pies y las manos empiezan a buscarse.

viernes, 1 de marzo de 2013

(Del lat. vulg. merescĕre)


Es un verbo bonito y triste, para hacer preguntas, de esas sin interrogantes, con las tides como puñales, y un susurro como voz. 

domingo, 24 de febrero de 2013

WWGD?

It's being here now that's important. There's no past and there's no future. Time is a very misleading thing. All there is ever, is the now. We can gain experience from the past, but we can't relive it; and we can hope for the future, but we don't know if there is one.

Manuales de instrucciones para los que callan porque les aprietan los zapatos o que escriben garabatos en cuadernos que se les quedan grandes.

N.

P.S. http://www.youtube.com/watch?v=KZbGVHk3tBA
P.S.2. El mundo es una tarta de cumpleaños, así que coge un trozo, pero no cojas demasiado…

viernes, 22 de febrero de 2013

Un zapato marrón y viejo (o de la (in)dependencia)


I may appear to be imperfect
but my love is something you can't reject.

http://www.youtube.com/watch?v=-x0FUZgbtHc

Hay cosas que están bien, pero lo que está bien tiene su mitad de estar mal, como los zapatos bonitos que cuánto más te gustan más se desgastan y más se desatan los cordones. Y por mucho que los cuides o por mucha rabia que te dé que pase el tiempo, no puedes dejar de llevarlos y de romperlos. ¿Se puede cambiar de zapatos? Quieres una chica de pelo corto que lo lleve de vez en cuando el doble de largo o es tan solo que a veces te acostumbras a ella y no te das cuenta de como está su pelo, o sus zapatos o sus uñas o sus pestañas o su día o su soledad y quieres que todo sea pausado y que los cordones jamás se desaten. Pero no cambiamos de zapatos, seguimos igual porque, narices, nos gustan estos y nos gusta cómo brillaban antes, igual que me gustan las versiones de canciones viejas con polvo o esos directos imposibles en los que se oyen solo gritos, porque es como era antes, como vivirlo de nuevo. Pero ahora, ahora, aquí y ahora, se ha acabado eso de buscar lo imposible, voy a dejar que las cosas sigan su curso y que, por una vez, el zapato viejo y marrón se adapte a mi pie, a mi paso y quizá así vuelva a lucir. Voy a cambiar de mente, como dicen los ingleses, no de opinión sino de mente, se acabo arrodillarme y lustrar el zapato, estoy muy contenta de que hayas venido pero ya no va a ser lo mismo, te lo estoy diciendo de verdad.

Será mejor, va a ser mejor, voy a ser mejor porque ya sabes que tú me rescataste de donde otros intentaban arruinarme y ahogarme. Y desde entonces veo tu sonrisa, que acaba con todos los ceños fruncidos como nubes que pasean su soledad por el cielo y lloran sin quererlo. Y ahora me tienes y vamos a escapar de este zoo, estamos escapando de este zoo y en dos cursos estaremos fuera de aquí y todo será diferente, porque no vas a dejarme escapar, aunque a veces quiera correr más que tú. Una de las primeras cosas que me dijiste fue que te parara los pies si ibas muy rápido, pero no pensaste que pudiese ser al revés. Así que ten el valor de decirme que me relaje, puedes tumbarme en el sofá y decirme que cierre los ojos y piense en Venecia. Estoy muy contenta de que hayas venido pero ya no va a ser lo mismo ahora que, por fin, estamos y estaremos juntos.

Cuando crezca seré un cantante con un anillo en cada dedo y viviremos miles de aventuras. Los días de lluvia nos quedaremos en casa y encenderemos la chimenea y haremos pasteles de carne para no pasar frío. Llevaré todo el día calcetines y bailaré canciones de los cincuenta y luego pediré que me hagas un café o que me mimes un poco. Te aseguro que va a ser increíble, increíble de verdad, casi tanto como el azul de los bancos o las cosquillas en los pies. No me importa lo que digas o lo que digan, voy a vivir y a amar, todo esto va a pasar y a hacerse realidad y, bueno, quién sabe, si quieres puedes venir conmigo y hacerme ese café.

Solo de guitarra.

Puede que sea imperfecta, puede que haga cosas mal pero ya sabes. Voy a volverte loco, pero loco en el buen sentido. Como cuando me levanto para ir al baño y no lo puedes resistir. No vas a poder rechazar todo lo que te ofrezco, cambio más rápido que el tiempo, así que deberíamos estar juntos ya, aquí y ahora, no debería estar escribiendo esto sino cogiendo un tren para pasar en Liverpool el fin de semana o tomando un té viendo el mar, que ahí será gris y verde. Así que, quién sabe, puedes venirte conmigo si quieres.

No querrías perderte nada de esto, ni una pizca de azucar en mi café, ni un tictac del reloj, no podrías soportarlo porque te pierdo igual que tú me pierdes a mí, aunque a veces nos comportemos como niños pequeños y nos enfademos y nos pisemos el uno al otro los zapatos, o nos abandonemos instantánea y mentalmente, o nos gritemos el uno al otro o queramos fingir que no nos echamos de menos. No querríamos perdernos nada, querríamos vivir eterna e intensamente, aunque a veces digas que no todo se reduce a eso, sabes que sí que se reduce a eso, porque en el momento en que me pierdas de vista vas a estar deseándome con más intensidad que nunca. Así que ven y no llegues tarde, ya sabes que for your sweet top lip I’m in the queue. Ya sabes que estoy enamoradísima de ti y, venga, cambiemos de una vez, empecemos a vivir desde ya. Ven para que te diga «estoy muy contenta de que hayas venido, ahora que estamos juntos las cosas no van a ser lo mismo».

martes, 19 de febrero de 2013

Un rumor.


Se nos ha quedado encerrado un mundo entre las yemas de los dedos.

jueves, 24 de enero de 2013

Nos acechan (todavía).

On ne voit bien qu'avec le coeur.
L'essentiel est invisible pour les yeux

Nunca entenderá la humedad irresistible de las pestañas ni los caballos de crines verdes que la persiguen. Ni eso de las perras, las proxenetas relucientes. Ni la sangre que se rompe ni las uñas mordidas ni la fragilidad de la trenza que se deshace. No entenderá el pinchazo al pasar por una floristería o por un restaurante, o al ver una cámara de fotos o una guía de viajes. O la náusea al ver un cuaderno sobre su mesilla o, peor todavía, una cuadrilla en blanco en su mente. En blanco, siempre en blanco, como tantas cartas que debería haberle escrito, tantas cuerdas de violín que deberían haber sido tocadas. Pentagramas vacíos y mejillas sonrosadas, o lentillas rasgadas y gafas empañadas. El sudor frío del invierno, las cruces en el calendario. La sequedad, los cortes, los puntos suspensivos. Las rodillas o las cabezas agachadas, el menos, el cero, el aguantar la respiración. El no-remordimiento, el sí-remordimiento, la no-brújula y la sí-pérdida. Las ennumeraciones que la engañan siempre y que poco a poco van a volverla loca. Federico, tú lo sabes, sabes las cosas que nunca nadie entenderá, porque se han quedado dormidos. Se han acostado, suavamente, en el lecho conocido, en el lecho del ayer, del hoy y por seguro del mañana, se pondrán al levantarse esas zapatillas cómodas y fáciles – sobre todo fáciles – de todos los días y se tomarán el desayuno sin escuchar música ni garabatear un rato, porque todo es igual, es necesario, es así porque tiene que ser así. No sabrán ni la fecha y se volverán a acostar en ese lecho seguro y de muelles tristes. Ay, Julio, no se fijarán ni en los picaportes ni en el vacío que van dejando poco a poco a su paso, ese vacío que paradójicamente traga hambriento a todo los demás y, ay, tiene los ojos verdes porque se alimenta y se devora a sí mismo con cada tic-tac o cada silencio. Como si se hubieran estancado en una estrofa de un soneto, en un verso de un soneto, Federico, y no se dan cuenta de que les acechan, todavía, esas brumas verdes, azules, amarillas, no se dan cuenta, Federico, de que quizá no merezcan si quiera el soneto ni la humedad irresistible de las pestañas.

lunes, 7 de enero de 2013

Boceto.


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano…
JULIO CORTAZAR.

No es curioso esto, no es muy curioso esto, el inventarnos poco a poco, a cada segundo, como una pluma que dibuja una estrella o el pelo de un pincel que se cae al vaso de agua y se abandona entre las ondas o las manchas de pintura. No es muy curioso esto, casi tanto como las preguntas sin interrogantes o como los tachones en las cuadrículas, no es curioso y casi misterioso que vayamos dibujándonos así, poco a poco, el uno al otro, primero la boca o los ojos o los pies, qué fue lo primero que viste de mí, lo primero que creaste, lo primero que iluminaste. Yo nací, o me nacieron, dice Ramón Gómez de la Serna, a mí en cierta medida me naciste tú, al mirarme, al descubrirme, al encontrarme, como si mi única razón de ser en el pasado era el que tú me reinventases. Ahora sé quién soy porque tú me miras y me nombras, dice Antonio Muñoz Molina, aunque yo también te lo he dicho o leído alguna vez, no recordarás dónde ni cuándo, tú siempre olvidas lo que te digo a través de otro, a lo mejor ni te das cuenta de que a través de otros nos estamos inventando también, a través de Los Beatles, de Lorca, de Salinas, a través de lo que antes éramos y quizá a través de quienes seremos en tres años, en un segundo o en una vida. Sé quién soy porque me miras y me dibujas la boca, con un dedo tocas el borde de mi boca, o el inicio de la nuca o besas mi clavícula. Y tengo miedo a perder la maravilla de tus ojos de estatua porque con tu maravilla me das aliento, eres como mis pulmones, mi corazón o todas mis venas que se pierden por mi cuerpo hasta encontrar el punto exacto de ese beso, de ese roce, de esa caricia que me revive y me define y me nace. Me naces igual que yo te nazco a ti, eso creo, con las vanas letras que te escribo o las pequeñas miradas que te lanzo o las sonrisas que afloran con la intención secreta de que tú creas verlas sin que yo me sienta observada, aunque siempre sé qué me miras, cómo no lo voy a saber si así me das la vida. Y es curioso, es muy curioso, que juntos no sólo nos dibujemos el uno al otro sino que dibujemos, esbocemos el futuro, como si cada paso que diésemos ahora, por insignificante que sea, nos estuviera guiando lenta pero irremediablemente, irresistiblemente a esa rutina ansiada, como si cada café sobre las 18h, cada llamada sobre las 12h, cada ingrediente de los espaguetis o cada prenda sobre la alfombra, cada abrazo, cada despedida, cada buenas noches fueran acercando más y más esa rutina, cada vez por tanto menos incierta. Como si nosotros nos encarnásemos a nosotros mismos, nos diésemos forma en un alumbramiento mágico, como si nos naciésemos, como si no solo dependiésemos el uno del otro sino que también el mundo entero nos necesitara. Como si nos hiciésemos boceto y después lienzo.

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Feliz (no)normalidad.
N.

P.S. En este año te escribo y no me preocupo por nada más.

sábado, 5 de enero de 2013

Propósitos de año nuevo (o del baúl de los recuerdos).

Life is what happens to you
while you’re busy making other plans.
JOHN LENNON

Me he comprado un tarro que es una monada: ya está colocado en la mesa, delante de nuestra foto en Londres, al lado de la ardilla con la que jugabas de pequeño. Me he comprado un pequeño tarro y mi propósito de año nuevo es llenarlo de grandes cosas. El 2012 ha sido un año feo pero seguro que ha habido cosas buenas, pequeños detalles, que se me han olvidado. Nunca más. Quiero recordar todo lo bueno para hacer un buen balance del 2013, para tener un pequeño salvavidas al que agarrarme si las cosas se tuercen de nuevo o si se vuelve a acabar el mundo. Esas cositas por las que merece la pena seguir. Así que este es mi propósito: cada vez que me pase algo bueno, algo que merezca la pena recordar, lo escribiré en un papelito y lo meteré en el tarro. Cuando acabe el 2013, lo abriré y repasaré todos estos pequeños recuerdos que harán del 2013 un gran año. De momento, me voy a acordar del cotillón, del ron con cola, del anillo de bigote y de bailar contigo – unos instantes – el Danubio Azul en pijama y zapatillas de estar por casa. De momento.

¿Os animáis y compartimos propósito?
Feliz inicio de año.
N.


P.S. El detalle de la cinta es un plato con cuchillo, tenedor y cuchara. No es porque fuese un tarro destinado a mermelada, a sal o a café. No, no. Es porque este año nos lo vamos a comer. Lo sé.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Doce


Se nos escapa otro año. Y, como siempre, toca decir adiós a muchas cosas y tratar de empezar a vivir un año nuevo, un dos mil trece de promesas, sorpresas y (nuevas) rutinas. Del 2012 recuerdo muchas cosas, algunas malas y otras buenas. Si he de hacer balance… la verdad es que no sé qué decir. En muchos sentidos me he “desenamorado” un poquito de todo. Ha sido un año de crecimiento y de inmovilidad al mismo tiempo, doce meses de contrastes y contradicciones. Por eso están ahí arriba los Beatles, por ser uno de los leitmotivs de este 2012, un punto de referencia y de apoyo. Además de que este año ha sido su cincuenta aniversario, todo hay que decirlo… Claro que ha habido muchos más leitmotivs en ese año de vaivenes, de noches sin dormir y de felicidad absoluta, muchos puntos de apoyo, personas recurrentes, pequeños guías que, más allá de los acordes de los Cuatro, me han cogido de la mano y me han hecho seguir hacia delante. Así que, repito, si he de hacer balance… no sé qué decir. Quizá sin la oscuridad la luz no tendría sentido. Por tanto y, de cualquier forma, el 2012 se merece un homenaje: y me cito a mí misma al decir que este homenaje a lo que hemos vivido este año es un prólogo a todo lo que aun nos queda por vivir.

El 2012 empezó con esas maneras de empezar el año: nuestro primer cotillón, mis primeros zapatos de tacón. También cumpliste 20 años y te regalé un caligrama. El blog cumplió también 4 añitos y soplamos las velas. Tuve mis primeros exámenes universitarios, toda una chica mayor: gané mi primera matrícula de honor. En febrero hicimos dos años juntos, ¿te acuerdas?  Al poco tiempo nos auto-regalamos unos billetes de avión. En marzo las cosas se torcieron. Papá se puso enfermo y todo se enfermó a mí alrededor. Recuerdo con algo de horror las clases tan bonitas sobre morfología con apuntes manchados por lágrimas. También recuerdo cafés de desahogo y el papel sucio con mala letra con todas las cartas que jamás leerás. La verdad es que, ya te lo dije, a lo largo de este curso te he inventado en todos sitios porque muchas veces has faltado. Inventé además los miércoles con Salinas que me tranquilizaban y me hacían reencontrarme con la buena poesía.

También es verdad que ahora se me borran las cosas y desde marzo hasta junio  hay una laguna donde solo puedo situar la música de George Harrison y la Lingüística General. Se me pierde marzo entero, abril, mayo. Aunque no me olvido de varias cosas buenas: me publicaron mi carta al director en la revista de filología Esdrújula y gané el 2º Premio de Relato Breve San Isidoro de la Faculad con Yo ton chien y tú mi correa.  Luego me pediste perdón y me escribiste una carta, yo antes te había regalado un disco de The Small Faces con una foto que tienes colgada ahora en tu corcho y, acto seguido, me había ido a llorar al baño. Después cumplí los 19 y entramos en una especie de maravilloso oasis: me saqué el carnet de conducir, la operación de papá fue (aparentemente) bien, tuve temporada de playa y nos fuimos de viaje: Londres y Liverpool. Uno de los momentos de los que hablaba al inicio de la entrada, de esos de felicidad plena, absoluta, irremediable. Repetiría esos 15 días constantemente, con eso está todo dicho. Y luego en agosto repetimos y descubrimos Munich.

A la vuelta de verano el blog cambió de apariencia: el protagonista explícito (porque implícito ya lo era desde hace tiempo) pasó a ser Georgie, de quien me he enamorado este 2012 (una de las cosas buenas, sin duda, como descubrir sus Early Takes o el magistral documental de Martin Scorsesse). A la vuelta de verano también pareció romperse ese oasis, se apagó la luz. Pero por fin me regalaste rosas y llegó septiembre, que siempre es un mes acogedor, de carrouseles. Y empecé 2º de carrera. La carrera es una suerte de refugio y, por supuesto, supone mi mayor motivación: acabarla, poder dedicarme a lo que me gusta, irme a vivir de una vez contigo. Las horas de clases siempre me enseñan algo, nunca son en vano. Una pena, por tanto, no haber podido entrar en la Escuela de Idiomas de alemán pero, para compensar, nos hemos apunto a teatro y aquí estamos, con Shakespeare, Hermia y Lisandro, perdiéndonos y enamorándonos por el bosque. La carrera es también la vuelta a la rutina y la vuelta a las dificultades, al estancamiento. Pero sobrevivimos. Y vamos aprendiendo día a día. Y nos recompensamos con pequeños regalos, como nuestra escapada a Barcelona a principios de diciembre.

En definitiva, este año ha sido una suerte de prueba que he superado. Ha habido cosas feas, muy feas: como he dicho, me he desenamorado un poco de todo, ha sido como poner los pies en la tierra y abrir los ojos… He perdido mucha confianza, he llorado mucho y he escrito poco (al menos, cosas con algo de sentido). Me he sentido sola pero creo que me he hecho más fuerte. Y así vamos a seguir adelante, con total esperanza en el 2013, como si fuese el antídoto del veneno.

Pese a todas estas cosas feas, ha habido cosas muy bonitas. Y personas muy bonitas. En primer lugar, las Lauras de la EOI han sido siempre una excusa para la risa, la buena música y los buenos cafés. También ha jugado un papel muy importante en este año mi profe y amigo Iñaki, al que echamos todos terriblemente de menos este curso. Los filólogos han seguido allí, por supuesto; y a ellos se han unido el magnífico grupo de teatro Morfeo, que suponen el oasis de descanso dentro del vaivén de la semana.

Y, claro, está Guille. Guille, qué te voy a decir. Que eres un pesado, sí, que espero que este año te portes mejor, que me has pisado mucho los zapatos. Que espero que te afeites para el cotillón, también y que no me eches la bronca por haberme quedado hasta las 2am para escribir todo esto. Que, pese a todo, me sigas haciendo reír como tú sabes. Que arreglemos las cosas como hasta ahora, o incluso mejor. Que viajemos tanto como este año, o incluso más. Que me hayas perdonado y que me sigas perdonando. Que sigas pidiendo perdón cuando algo vaya mal. Que sigamos caminando juntos, que lleguemos a casa. Que eres todo lo que necesito y que, pese a todos los quebraderos de cabeza que me das, eres mi vida. Te quiero, Guille. Vamos a seguir creciendo juntos.

Porque, en definitiva, este año ha consistido en esto: crecer. Y, bueno, qué queréis que os diga… crecer no está nada mal. Me he caído, sí, pero aquí estoy. Y soy feliz.

¡Sed felices vosotros también!

Feliz 2013.
(porque como dice George, a la luz del día se le da bien llegar en el momento adecuado. Deslumbraos)