Mostrando entradas con la etiqueta el mecanógrafo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el mecanógrafo. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de noviembre de 2011

Extinción = Mente · Criminal²

De niño imaginaba cómo sería cabalgar sobre un rayo. Y un día, lo conseguí: cabalgué sobre un rayo de luz.

Sentada en primera fila del mágico Teatro del Mercado viví el viernes una experiencia única e irrepetible: una metáfora sobre la existencia, el dolor, la muerte, la vida, la felicidad, que nos llega a través del Teatro del Temple y de la voz de Ricardo Joven, con bigotes de Einstein, acento alemán y una gran obsesión por el pájaro Dodo.

La obra, que como ya os comenté por aquí, está escrita también por Ricardo Joven, nos sitúa en un apartamento de Manhattan donde se refugia Albert Einstein tras enterarse de uno de los mayores crímenes de la historia: la caída de la bomba nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki. Einstein, abrasado por los remordimientos y la culpa, decide contar la historia de los pájaros Dodos y de su extinción, haciendo de esta historia una maravillosa fábula sobre la humanidad. Graba todo esto pues espera que en algún momento, la hija a la que nunca conoció Leisserl - y con ella, todos los hombres – pueda escucharla y aprender de ella.

Einstein nos narra su infancia, sus primeras crisis, sus amores y sus desventuras. La acción, que se sitúa en una magnífica escena de pizarras repletas de fórmulas, se ve interrumpida repetidas varias veces por una radio que transmite las últimas noticias sobre los hechos que han conmocionado al mundo y llamadas telefónicas que trasladan a Einstein a otra época, en una suerte de delirios que reflejan el dolor profundo y agudo que hubo de sentir de verdad este magnífico hombre. Quedan recogidas, además, las geniales frases del físico, como: “Mi laboratorio está bajo mi sombrero” o “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana”.

En mi opinión, enfrentarse al público durante hora y media es ya un logro. Tú sólo, sobre las tablas, sin nada más que todos esos objetos esparcidos por el suelo - papeles, disfraces, paraguas, marionetas -, tú sólo representando un papel, metamorfoseándote en otra persona. Y Ricardo Joven supera este reto a la perfección: no sólo transmite un Einstein humano y verdadero, sino que sabe llevar el ritmo de la obra con un pulso excelente: bromas, lágrimas, dibujos, cuentos, fantasías, dolor y una crítica tenaz hacia una sociedad que permite la extinción no solo de los dodos sino de las ideas y del pensamiento.

Un trabajo genial que nos regala la potente imagen de un Dodo gigante sobre el Empire State Building. O, en definitiva, una obra de teatro con una espectacular interpretación y una muy buena escenografía que llama a una seria reflexión sobre la existencia del ser humano, su poder y sus fines.

Natalia

domingo, 6 de noviembre de 2011

Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde…

Renace el mundo al saberse nombrado

Se apagan las luces, empieza la música. Entramos en las dimensiones del teatro: dimensiones que no se someten a ley alguna, dimensiones mágicas y de mecanismos ajenos. Pero que deslumbran. Como es el caso de Retrato, que ha estado con nosotros este fin de semana en el Teatro del Mercado. Retrato es una obra de Mariano Anós, único intérprete además, tan solo acompañado por la música de José Luis Romeo. En el programa la describían como un recorrido a través de la poesía española desde el siglo XVII al siglo XX. Pero no es solo eso. Porque la selección de poesía – de Quevedo a Cernuda, pasando por Espronceda – son pedazos de cada uno de nosotros y por tanto, Retrato no puede ser una obra cerrada, sino un espejo que nos llama a asomarnos a nosotros mismos.

Así, entramos en una nueva dimensión en la que la voz profunda de Anós nos llama a una introspección dirigida por las palabras de los grandes maestros de la Literatura: Lope, Salinas, Machado, Cernuda, Lorca, Gil de Biedma, Bécquer, Neruda… Menos de una hora para tratar los dos grandes macro temas de la humanidad: el amor y la muerte. El amor nos lo describen Lope – creer que el cielo en un infierno cabe -, Goytisolo - entre todos los ruidos de la noche yo distingo sus pasos - o Neruda – me gusta cuando callas porque estás como ausente -. Yo me quedo con Salinas y su alegría por vivir en los pronombres.La muerte y el miedo a morir nos lo transmiten con fuerza e intensidad Lorca en su ciudad sin sueño, León Felipe – no, no, no me contéis cuentos que vengo de muy lejos y sé todos los cuentos -, Espronceda y su pirata que no teme a la vida pues por perdida ya la di.

Y creo que merece la pena citar tres poemas excepcionales: por un lado el No volveré a ser joven de Jaime Gil de Biedma, en el que el autor creía que la muerte solo estaba en el teatro y expresa su sorpresa al descubrir que el único argumento de la obra es envejecer y morir; el famosísimo Retrato de Antonio Machado, para mí obra maestra y difícilmente superable, que da título al espectáculo – como ya he dicho, se nos anima a pintar nuestro propio retrato a través de la poesía -; y por último, el poema que se recita al final del propio Mariano Anós que reflexiona sobre la tarea del arte y dice que renace el mundo al saberse nombrado. ¿Por qué? Porque para eso está el arte, para crear el mundo y destruirlo al mismo tiempo – pues el arte está en borrarse -. Y si muchos versos – si mucha música, muchos espectáculos, muchos poemas, muchas obras, muchos personajes – son efímeros y van a perderse en el devenir del mundo, ¿por qué desperdiciar estas magníficas oportunidades que tenemos de conocernos a nosotros mismos a través de ellos?

Así que, no dejéis jamás de ver teatro. Éste es el mensaje de Retrato: no desaprovechéis el arte. Y esta obra no era sino arte en una tarde de cierzo en Zaragoza.

___

Natalia
:D