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domingo, 28 de abril de 2013

Scotch con cola y relatos (o relatos de scotch con cola)

 

Los mundos posibles


Un poquito de hielo, un scotch con cola, unas 3£, La Caverna en julio, el polvo de los tocadiscos, algo de poesía del XV, las letras de las canciones de los Beatles, tres personajes perdidos,  las posibilidades infitas o los infinitos posibles, y mi relato ganador del Primer Premio de Relato Breve de San Isidoro 2013.

(:
N.

P.S. http://www.youtube.com/watch?v=2j2GqMyXdxc 
P.S.2. http://www.youtube.com/watch?v=KwYZvcEYzjk

martes, 1 de mayo de 2012

Dos lunas, Gente Pequeña y Premios literarios

Soy fan del top comment de este vídeo en YouTube. Esto puede sonar extraño pero… ¿alguien más ve dos lunas?

Os explico. Es que soy fan de Murakami. Y mucho. Una de las razones por las que no he podido actualizar mucho el blog es él. ¿Por qué? Murakami es mi trabajo de Literatura Comparada para este cuatrimestre. ¡Y es tan interesante! Claro que tengo que entregar la semana que viene y aun tengo muchas cosas que contar. Tantas que ya he tenido que cambiar tres o cuatro veces el título del trabajo. Divago tanto como en el blog, así que ya os podéis imaginar: he hablado, por supuesto, de Los Beatles pero también de Kafka, del Kentucky Fried Chicken, de Platón y de Orwell. Porque es que 1Q84 es tan Orwell, solo que no tenemos un Big Brother, sino a The Little People – no sé cuál de los dos me da más miedo –.

Y Murakami no solo crea este universo dictatorial y fantástico donde hay cadáveres de cabra y dos lunas, madres e hijas, sino que también le pone banda sonora. Y la Sinfonietta de Janaceck es esencial y ahora que estoy haciendo el trabajo me gusta perderme en ella. Aunque a veces me da miedo: yo no quiero internarme en el 1Q84, porque aquí en el 2012 estoy bastante bien: aunque no tengo voz en estos momentos, tengo a la vista varias cosas: un concierto homenaje a Los Beatles en una semanita –¡qué ganas!- y un carnét de conducir al caer – si no mato a alguien durante las prácticas –. Y, por supuesto, el verano. Ains, amigos, cuántas cosas no os he contado. Pero aquí está la más importante:

¡Me han concedido el Segundo Premio del Concurso de Relato Breve de San Isidoro de la Facultad de Filosofía y Letras por mi relato Yo ton chien y tú mi correa!

Sí :D Me hace muchísima ilusión. Este viernes tengo la entrega de Premios en el Paraninfo –¡Guau!- así que ya os contaré. Y, por supuesto, en cuanto pueda compartirlo aquí, lo haré. Es un relato que me llevó su tiempo, pero que me ha reportado muchas satisfacciones… :3

Y sin más dilación me despido, porque se supone que ahora estoy acabando el trabajo de Murakami… ¡Un beso a todos!
Natalia

miércoles, 4 de mayo de 2011

Des Refusés

¿Te das cuenta de lo que habríamos tenido de haber llegado a tiempo para esa cita? Seríamos leyenda, la leyenda de un pueblo, de un país. Pero a mí se me enganchó el tacón en uno de los dientes que abren amenazadoras las bocas de la calle y el taxi se cansó de esperarnos. Habíamos bajado tarde, además, y esta vez por tu culpa, que te habías afeitado demasiado rápido y habías roto tu mejilla con una mancha roja. Nos habían elegido para pasar a la historia, para protagonizar un drama en un escenario de cierzo y de niebla gris de septiembre. Pero qué más daba la niebla, nuestra historia sería atemporal, así que tan pronto vestiríamos abrigos y gorros de lana como vestidos finos y camisas desabrochadas. Íbamos a ser esa historia que, tarde tras tarde, las yayas cuentan a sus nietos y estos mastican en sus labios redondos. Nosotros, los amantes muertos el uno por el otro en la negativa – siempre presente en cualquier obra de reminiscencia shakesperiana o de tópico clásico – de sus familias ante su amor. Un amor incontenible y eterno, más allá de la muerte y de la tierra pesada y marrón sobre el ataúd. Pero no hubo muerte, porque llegamos tarde a la cita. Tan sólo había que firmar un contrato, un poco de arsénico y ¡puf! teníamos la vida en las memorias de las gentes. Claro que, ahora que reflexiono a cerca de ello, habría sido cómico morir tú con una tirita de colorines – pues no encontramos otra de sobrio beige – en tu a duras penas rasurada mejilla y yo con una contraposto exagerado por el tacón herido. ¿Te nos imaginas, inmortalizados así? Sí que nos haría juego el tonta ella y tonto él.

La Muerte hasta entonces había estado contenta con nosotros. Dijo que le gustaba nuestra historia: cómo habías despeinado mi diadema mientras veíamos una película en blanco y negro y, sobre todo, cómo me habías raptado una noche de casa de mis padres, cuando las persianas estaban ya bajadas. Dijo que solo era necesario un poco de veneno para un final feliz. Y aceptamos, porque queríamos sobrevivir al presente, sobrevivir a los años, sobrevivirnos a nosotros mismos. Pero La Muerte se impacientó porque nosotros no llegábamos y no nos dejó ser leyenda de amor eterno ni cuento para las tardes frías invernales. Se marchó a Teruel porque dijo que allí los amantes daban más literatura y nosotros nos marchamos a nuestra casa y aquí seguimos, una pequeña letra, quizá una mera tilde, en esta triste historia del devenir. No somos lenguas ardientes ni carnes palpitantes que se sacrifican y que brillan como estrellas en el manto del universo junto a Píramo y Tisbe y Ofelia y Eurídice y Romeo y Paris y Acis y Dido. En Zaragoza no hay tumbas con nuestros nombres y no nos recuerda nadie; es más, me temo que han empezado a olvidarnos. Habríamos tenido sendas estatuas, entrelazadas por el meñique. Pero nadie nos dio entonces la muerte: te cortaste, me tropecé, huyó el taxi, huyó la muerte, se amaron en Teruel y a nosotros nos dejaron aquí: olvidados, rotos, vacíos y vivos. Sobre todo, vivos.

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Hemos pasado abril, lo que implica un nuevo relato que no gane el concurso del Heraldo. Pero me gusta, que es lo importante. Por ciero, el relato ganador de este año es muy muy bueno. Comprobadlo por aquí. ¿Alguna opinión respecto al mío?

Cambio y corto.
Nata

martes, 15 de febrero de 2011

Servilleteros

Reposará un edredón de jirafa sobre la cama. Olerá a lluvia, pese a estar la ventada férreamente cerrada, con pequeños besos de agua en sus cristales. Habrá calor de fuego vacío de hoguera; habrá pijamas revueltos bajo la almohada, o quizá tan solo uno, de esos de gran talla, de esos que forman cascadas en tus tobillos o en tus muñecas. La aguja de un tocadiscos rayará notas algunos días, quizá los fines de semana, mientras se exprimen las naranjas y llora el café. O quizá por la noche, un solo de guitarra más suave y decadente, más noche, de algún vinilo robado del pasado. Entre semana quizá cantará una radio o una cinta resuelta con cables tocará alguna canción breve y fácil, frágil como los lunes o como los jueves sin inglés, algo como Her Majesty o Long, Long, Long. Incluso Space Oddity, a ti ya te gustará. Los Beatles estarán enmarcados sobre el sofá y habrá fotos, perfume a puente de octubre, películas – incluso Barry Lyndon, a mí ya me gustará -, libros, muchos libros, con post-its filológicos, o cartas y sellos y papeles en griego. O juguetes: ese tren que come sus vías en un dulce traqueteo. Quizá luego se cueza un risotto y habrá enfados porque las latas de maíz dulce están desparramadas por la cocina. O quizá porque hay fruta de postre o porque alguien ha insinuado algo sobre Ringo. Mientras, dormirán las zapatillas de estar por casa, desnudas de pies, desnudas de todo, cerca del edredón de jirafa.

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Alguien sabrá de qué narices –de Ringo- estoy hablando. Para los demás, estoy participando en un concurso de microrrelatos organizado por la editorial SM. Ya lo he puesto en la barra lateral, pero os lo digo por aquí: necesito vuestros votos para poder llegar a la final, así que si queréis ayudarme lo podéis hacer haciendo click AQUÍ, registrándoos en el web y votando a mis microrrelatos.

¡Muchas gracias!

sábado, 25 de diciembre de 2010

Distopía (II)

Tras aquellas Navidades tristes para los informáticos, se desarrolló una gran campaña publicitaria a favor de todos los cachivaches que ellos producían y los conceptos de ordenador, televisión, móvil, videojuego, comenzaron a calar fuera y dentro de la fábrica. Los niños se dejaban arrastrar por aquella marea de cables, de pitidos, de músicas disonantes, de imágenes luminosas, de espectros y fantasmas que asustaban a Max; sus padres no hacían nada por evitarlo pues ellos mismos desgranaban horas y horas – perlas perladas, regalos del tiempo – frente a una caja que emitía imágenes que los hacían reír, llorar, sonrojarse o gritar. Su estética la estudió Max desde la lejanía de su pequeña casa, asomándose por la ventana y oteando a través de las cortinas de su vecino. Tomó apuntes y quedaron grabadas en su mente las formas del aparato bautizado como “televisión”. Era ese aparato de formas rígidas heredera de la estirpe de las cajas – o al menos, él así lo concebía – y Max no podía entender como una progenie tan noble podía haber degenerado en ese artilugio de dudosa utilidad. La “tele” – que confundió primeramente con una versión de bolsillo de la misma, por la forma apocopada de su nombre-, presentaba en general una forma cuadrada o rectangular con una superficie o bien muy plana o bien muy gruesa, decorada con lajas plateadas, o negras y que emitía un constante zumbido que, cual aguijón, parecía haberse clavado en los oídos de los humanos, los cuales ya ni siquiera lo percibían. Pero este zumbido alarmaba y sorprendía a Max, que se daba la vuelta tras su estudio, triste, hacia sus paredes forradas de libros y encontraba en su tacto rugoso, cálido, prometedor todas aquellas risas y lágrimas que el resto buscaba en esa arca visionaria, donde naufragaban las esperanzas.

En las siguientes Navidades, se aumentó la plantilla en el departamento de “Tecnología e Informática”; medio año más y ampliaron sus instalaciones. Otros dos y sus cables ocupaban un pabellón entero. Varias secciones hubieron de ser trasladadas, reducidas o clausuradas. Las cartas que recibía don Nicolás ya no tenían sed de libros, ni de canicas, de ni muñecas, ni de peonzas; ambiciosos niños exigían aparatos tecnológicos cada vez más complejos, con más aplicaciones, más complementos y, por tanto más vacíos.

“Queridísimo don Nicolás”, rezaban las cartas, “este año he sido muy bueno y quiero un móvil de última generación, un ordenador (si puede ser portátil), un reproductor de música en el que además se puedan ver películas y una cámara fotográfica con la que vea hasta las escamas de los peces de mi pecera”. Y no se podían rechazar sus peticiones, porque era Navidad, y los niños eran felices con esa absurda ostentación de joyas tecnológicas, diamantes en bruto de la infelicidad. Ya nadie quería a los Grimm ni a Andersen; los adolescentes ya no temblaban con el romanticismo de Bécquer ni con los versos de Shakespeare, ya no se estremecían con Poe o con Dickens o con Wilde; e incluso los adultos habían cambiado a Dostoievski por una pantalla táctil y a Orwell por un equipo de sonido. Fue entonces cuando don Nicolás acudió al departamento de “Letras y Artes” e informó a los duendes, con lágrimas asomando a su mirar, que la unidad artística iba a ser salvajemente sesgada: quedaría reducida a dos duendes. Max y Lou fueron los escogidos; los demás serían reconducidos a otras secciones.

Así quedaron olvidados Max y Lou en un despacho pequeño y húmedo, un rincón solitario de la fábrica donde luchar contra la rémora del pasado, donde dibujar personajes y paisajes sin sentido que ya nadie contemplaría, donde ver amarillear el papel, donde soñar con acariciar un lomo de un libro nuevo, donde envejecer, y seguir envejeciendo.

“El sol brillaba con fuerza en cielo”, se leía ya, en un simple jeroglífico, el primero en meses. Max sonrió brevemente e imaginó unas manitas regordetas de un niño inocente desenvolviendo el regalo y estudiando después esa primera frase, tan prometedora, rebosante de aventuras, o de amor, o de terror, o de duelos, o de castillos, o de dragones, o de princesas, o de detectives, o de perros, o de bosques, o de ríos, o de soles que brillaban con fuerza en cielos azul caricia. La lámpara se quedó ciega durante unos segundos, robando a Max la luz amarillenta que parecía querer emular rayos de ese sol. Golpeó la lámpara, con experiencia, en un punto concreto y entonces quedó ante sí una vista general de su despacho: madera roída, paredes desconchadas, luz desvaída, crujidos de vejez, motas de polvo sangradas, quizá, por las Navidades de antaño. Un pequeño cementerio, eso era, con nichos bajo las tablas de maderas quejumbrosas, cansadas de aguantar tanto peso durante tanto tiempo. Un cementerio donde envejecer, envejecer hasta morir.

La lámpara guiñó de nuevo y Max quedó sumido en la profunda oscuridad no sin antes, distinguir, en una de las paredes, unas trazas sobrias, negras, claras, hirientes, como tecleadas con uno de esos aparatos que llamaban “ordenadores”, grafías robóticas que rezaban: “Aquí reposa el Arte. Que en paz descanse”.

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Segunda parte del cuento Distopía, con el que gané el III Certámen Charles Dickens de la librería el Pequeño Teatro de los Libros. Espero, de nuevo, vuestras opiniones. ¡Gracias a la libreria por darnos esta oportunidad a todas, y dar la enhorabuena a Isabel, finalista del concurso! Y gracias a todos por leerme.

¡Feliz Navidad!
Natalia

P.S. Y gracias a ti por el dibujo :D (otra vez)

viernes, 24 de diciembre de 2010

Distopía (I)

Max se encogió sobre su escritorio y escudriñó, frunciendo el ceño, la paleta de colores que tenía frente a sí. Trató de imaginar qué azul era el que el cielo del cuento reclamaba: un azul oscuro manchado de estrellas, un azul turquesa con olor a mar, un azul grisáceo que anunciaba tormenta, un azul casi negro con lunas dormidas o un azul casi blanco cual pasto de nubes. Tras mesarse la barba, en donde se enredaban los años ya vividos, se decidió por un azul suave: un azul caricia, abrazo, un azul roce de labios, un azul acuoso pero con peces de vida nadando en él, cálido y frío al mismo tiempo. Contento con esa suerte de azul, logrado tras un proceso de mezclas y arcoíris, besó con el pincel la paleta y lo ahogó brevemente en agua, para hacerlo llorar después sobre el papel. Así se desprendieron de él átomos de cielo y Max se inclinó más sobre su obra, sus gafas volando, perdidas en aquello que salía de sus manos y el puente de éstas actuando de pasarela entre el mundo real y el mundo de cuento. 

Max se incorporó para contemplar su diminuto dibujo, enmarcado por las grafías claras, casi infantiles que había herido sobre el papel su amigo y compañero Lou, un duende sonriente con los ojos lechosos de tanto copiar, de tanto fabricar felicidad fabricando palabras, espacios, puntos y comas; fabricando esos libros que Max ilustraba devotamente. Lou era más joven que él; risueño y jovial, dominaba la traza de las preposiciones y de las conjunciones y jugaba con los espacios en blanco que Max rellenaba en cuanto le llegaba un libro nuevo a su despacho en la fábrica, formado tan sólo por un escritorio y una lámpara que parpadeaba, sin piedad, a cada segundo. Al recibir un nuevo pedido, experimentaba Max una gran emoción y se sentía tentado a ni si quiera leer las pautas de Lou y a dibujar aquello que primero se pasease por su mente. De forma que si Lou había escrito cuidadosamente “El –espacio en blanco- brillaba con fuerza en el –espacio en blanco-”, Max fantaseaba con dibujar un pie y un mar en calma, de forma que un desconcertado niño y sus aun más desconcertados padres leyeran, sin comprender, “El pie brillaba con fuerza en el mar”. Pero estaba condenado a dibujar un sol amarillo y un cielo azul caricia para hacer felices a los niños y darles historias bonitas que leer. Aun así Max se carcajeaba de las diferentes combinaciones posibles –un rinoceronte y un reloj o un zapato y un tomate-, y se había labrado de esta forma una reputación de loco en la fábrica: “Siempre encerrado en su despacho y sentado frente a su escritorio, riendo con risa estridente, dibujando estupideces para libros que ya nadie nunca va a leer”, decían el resto de los duendes.

El declive de la sección “Letras y Artes” era un secreto contado a voces. Todos en la fábrica lo comentaban e incluso se hacían apuestas a cerca de cuando el jefe, don Nicolás, iba a clausurarla de forma definitiva. Max apreciaba sinceramente a don Nicolás, un anciano de barba blanca y mirada bondadosa. Él era quién hacía posible la Navidad y todos, no solo en la fábrica, sino en la pequeña aldea, en las grandes ciudades, en el campo, en las montañas, en los desiertos, lo admiraban profundamente. Se lo solía ver vestido de rojo, con un curioso gorro rematado en un pompón, con una sonrisa risueña que acentuaba los hoyuelos en sus mejillas sonrosadas y con una libreta entre sus manos, anotando secretos en sus hojas cuadriculadas. Su forma de felicitar las fiestas era peculiar: siempre entonaba un “Ho ho ho” con su voz grave y sonora, y su manera de hablar, lenta, como si masticase las palabras, abría una brecha de paz en el agitado devenir de la fábrica. Don Nicolás era quien había elegido a Max como duende dirigente de la sección “Letras y Artes” cuando éste era aún joven – o por lo menos no tan viejo —, sin barba donde enquistar recuerdos y sin gafas de torpe montura. Y lo había escogido porque había sabido apreciar no tanto sus dotes indudables como su verdadera pasión por el pincel, la acuarela, las ceras, los lápices, las tizas y por su gran delicadeza al observar todo lo que lo rodeaba. Era el joven Max un duende pasivo en apariencia: silencioso, observador, calculador e incluso frío como la nieve que tiznaba las calles de blanco. Pero don Nicolás vio, en un primer momento, la valía del muchacho. Lo introdujo en el departamento de “Letras y Artes” y le dio un trabajo sencillo: numerar las páginas de los libros. Por aquella época, la sección artística bullía en actividad: varios duendes se paseaban con cuantiosos pedidos; otras tantos corregían manuscritos, otros los copiaban; los aprendices estudiaban el trabajo de sus maestros y los dibujantes teñían las páginas de rojo, rosa, amarillo, verde, morado, gris, marrón, naranja con el susurro de sus pinceles. Por aquella época, el Arte vivía.

Sin embargo, con el paso del tiempo, algo sucedió. Fue inaugurado un departamento que respondía al extraño nombre de “Informática y Tecnología”. En sus inicios no era demasiado importante y fue relegado a una pequeña esquina en el pabellón central de la fábrica. La primera Navidad tras este suceso fue agria para los duendes informáticos. Sin embargo en la planta de “Artes y Letras” se hubo de hacer trabajo extra: las cartas que llegaban a don Nicolás pedían más y más libros -cuentos, novelas, relatos, poemas-. Nadie se interesaba por los “ordenadores” – pues tal era el nombre que utilizaban una y otra vez los informáticos -, porque nadie sabía lo qué eran. Esa Navidad Max fue ascendido y, de la mano de un viejo duende cuyo mejor amigo era un bastón nudoso y de madera, se especializó en las ilustraciones para los cuentos infantiles. Don Nicolás aplaudió el trabajo de Max en una antología de cuentos de los Hermanos Grimm, edición que había sido muy bien recibida bajo las ramas verdes de los verdes abetos. Creyó Max estar rozando la felicidad con las yemas de sus dedos y siguió trabajando duro, siempre con una sonrisa torpe bajo las torpes gafas.

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Primera parte del cuento Distopía, con el que gané el III Certámen Charles Dickens de la librería el Pequeño Teatro de los Libros. Mañana colgaré la segunda parte. Espero vuestras opiniones y espero, también que paséis una increíble Navidad. Felices fiestas a todos.

¡Saludos!
Natalia

P.S. ¿Habéis visto lo asquerosamente bien que dibuja mi chico? ¡Gracias! :D
P.S.2. ¡Nieve en el blog! ¡Yay!

martes, 21 de diciembre de 2010

Tell Tchaikovsky the news

Llevo con esta canción estancada, clavada, atravesada en mi cabeza durante varios días. Hoy no he podido sino repetir más de una vez la frase de early in the mornin' I'm givin' you the warning don't you step on my blue suede shoes que me maravilla – casi tanto como lo adorable que sale Ringo en este vídeo –. No sé qué tiene George que me obsesiona. Y de verdad. Todas sus canciones – o casi todas – suponen un subidón de adrenalina cuando tengo un mal día, cuando me encuentro algo pachucha – como ahora –, cuando tengo malas noticias que dar, o que recibir, cuando no me apetece salir de la cama, ni reír, ni vivir. No sé qué tiene George que me hace sonreír cada vez que escucho su voz, aunque sea versionando a Chuck Berry –aun me debes cosquillas por eso, huh?- o cantando una Lennon/McCartney. Da igual. Porque no sé qué tiene George que me obsesiona.

Y más cosas, dejando de lado la Beatlemanía de la que estoy enferma de gravedad: esta tarde me han anunciado que he ganado un certámen de cuentos que organizaba una preciosa librería de mi ciudad: El Pequeño Teatro de los Libros. ¡Yay! Así que, en breves, colgaré el cuentecillo por aquí, para que me déis vuestras opiniones :D

¡Saludos!
¡Y ya no queda casi nada nada nada nada para Navidad!

P.S. Y una pequeña dedicatoria a mis increíbles amigas Elisa M, Elisa V y Celia:

En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.

George Orwell

Sabéis que todos –¡incluso el gran Orwell, no os quejaréis! - estamos con vosotras.
¡Ánimo y adelante! (y dadle al play del video de una vez. De verdad que ayuda ^^)

sábado, 1 de mayo de 2010

Nos ha vencido (o la elegía que nadie entendió)

El pasado 23 de abril, publica el Heraldo de Aragón, como cada año, los ganadores y finalistas del concurso de relatos del que yo soy asidua participante. Puede que no ganadora - pero siempre participante - pruebas de los años pasados aquí y aquí-.

Lo interesante es que este año ha pasado una cosa curiosa. Inspirada de forma muy especial - siempre estaré agradecida, pese al resultado no favorable - por hormigueros que no son hormigueros hasta el final y protagonistas que resultan ser hormigas, me lancé a escribir el breve relato que os voy a dejar por aquí. Cuando lo acabé, lo releí, corregí y demás. Se lo dejé leer a más gente por eso de cosechar y recoger opiniones.

Y me sorprendió descubrir que el relato no era entendido. "Está muy bien escrito, pero no sé de qué va". Genial. Pues yo lo entiendo. Y no creo que sea tan complicado. Es cosa de pensar. Aunque como el sueño de la razón produce monstruos, pues claro, hoy día no se puede. Así que cuelgo el relato y espero contar con vuestras opiniones... e interpretaciones.

___

Pesa sobremanera. Tanto que he de desplomarme. La calle está fría bajo mis rodillas. Anónimas piedras muerden ahora mi espalda, pero no quiero levantarme. Solo veo el cielo, la bóveda del cielo que se rompe con el restallar de algo lejano. Las nubes lloran, acierto a pensar que por el dolor. Yo, timorato y extranjero en la ciudad de niebla que se extiende infinita y valerosa, recibo sus lágrimas. Caen con fuerza, y traen un sabor agridulce a mis labios. Bebo la lluvia. Bebo la sangre apostillada en mis comisuras. Creo oír caballos. Creo distinguir palabras. También creo percibir mi respiración, enquistada en mis pulmones, tan leve que temo que sea un espejismo.

Ya no sé si mis ojos están cerrados o abiertos. Tampoco sé si esa niebla existe de verdad. Intento levantar un brazo y rozarla, sentir su aliento álgido para que me lleve de vuelta a la realidad, a la calle, a mi alma, a algún sitio, a ninguna parte. Es imposible, mi brazo no responde, pero lo siento dormir sobre las piedras. Una luz me sorprende entre la niebla. O quizá sea tan solo una sombra, pero el vaho se rompe en jirones, como si una mano invisible lo hubiera acuchillado, tachándolo de enemigo. En esta triste guerra, ya no distinguimos a los amigos de éstos.

Pequeñas nubes se mantienen en las fronteras de mi campo de visión, pero ahora vislumbro retazos de botas perdidas, de escombros, de cenizas, de fuego, de ciudad. Ahora escucho los cañones, tan cercanos que podría estremecerme de no ser por este estado de letargo en que me encuentro. Desde mi suerte de limbo ahora puedo percibir un viento ronco arañando los muros restantes, afilándolos, preparándolos para la batalla. El viento, en su tarea, ruge, héroe que aun se mantiene en pie.

Me gustaría levantarme y echar andar. Me gustaría levantarme y huir. Pero aunque pudiera tenerme en pie, como el viento, sé que la ciudad no me dejaría huir tan fácilmente. Me ataría y, cual títere, me dejaría caer de nuevo. Se reiría de mí, de todos nosotros. La hemos dañado. La hemos hecho llorar y sus gentes también caen. Ellos solo querían defenderla. Ellos solo querían hacerla feliz. A ella, a su río, a su viento, a sus calles. Hacerlos felices. Yo creía que la guerra me haría feliz. Y por eso partí de mi patria, la esperanza amasando mi alma y la confianza rezumando por mis poros. Pero esta ciudad ha resultado ser más fuerte que yo, que todos nosotros. Nos ha vencido. Y, ¡ah! ¿por qué ha de ser tan bella?

La niebla vuelve y quedo ciego. Luego viene el dolor. Primero, palpitante y sordo, perdido en mi costado. Después, bravo y abrasador, corriendo libre por mis venas. Y mi corazón pesa sobremanera. Tanto que mi sangre se desploma por las calles. Tanto que, al final, huyo…

___

¿Y?
Natalia

domingo, 14 de febrero de 2010

Fin de semana

Siento esta casi semana sin escribir... aunque con la poca actividad que hay por aquí no creo que me hayáis echado mucho de menos. Así que la cuestión es que me he ido a Madrid. Y que ya he vuelto. Tendría que haber avisado, pero se me pasó. Anyway, ahora tengo varias cosas que contaros!

Primero, mi visita a Madrid. El viernes visité la Residencia de Estudiantes y vi la exposición sobre la Generación del 27. No me voy a extender más, porque prometo crónica en condiciones mañana a más tardar. Así que saludar desde aquí a mi familia de Madrid que siempre se portan tan bien conmigo, en especial a mis tíos Reyes y Gustavo y más especialmente aún a mi tío Miguel (no te quejarás ¿eh?)

Bueno, otra cosilla: como probablemente sepáis ya, el premio Jordi Sierra i Fabra para jóvenes falló hace poquito y ¡he quedado finalista! Podéis ver el fallo por aquí y por ahí ando yo. He recibido la carta del concurso y estoy contenta con las valoraciones. Ahora espero la llamada de Jordi. Así que ya os contaré.

Menuda entrada más estúpida me ha salido. Pero así como Rimbaud prometía ser bueno, yo prometo ponerme seria mañana. De verdad.

Natalia

P.S.

¡Si lo dicen los Beatles...!

jueves, 10 de septiembre de 2009

Cruz de plata

Bueno, hace unos días Misha organizó en su blog un concurso del que ya han resultado los ganadores. Así que me he llevado una grata sorpresa cuando he descubierto que he conseguido plata. Agradecerle a Misha el premio y el tiempo dedicado en el concurso :D
Y aquí os dejo mi cacoso poema, que aun así, es uno de los que más orgullosa me siento.

UNA CRUZ

Sucia de besos y arena,
yo me la lleve del río.
GARCÍA LORCA


Recuerdo como tú
solías bailar,
la calidez de tu mano
en la mía vibrar.

Tus turquesas luceros,
tu flamante mirar,
tus mejillas que, tímidas,
no cesaban de brillar.

La humedad del suelo
mi espalda mojar
mientras tú, en mis brazos,
creías tan solo jugar.

Tu pálido vientre,
tu estudiado andar,
tu sonrisa brillante
aquel pequeño lunar.

—Mi niña, te quiero
me oíste gritar.
Tú me correspondiste
con tu suave besar.

Hoy tus dulces labios
están cubiertos de pesar.
Tus ojos, cerrados,
de lágrimas por llorar.

Ahora ya tierra húmeda
tu piel ha de arropar
sin que tú ya nunca puedas
bailar como solías bailar

¡Qué dolor que hoy
hayas de marchitar!
¡Qué solo seas cruz
tras un sobrio altar!

Hacia allí ahora mis pasos
se han de encaminar
para que yo me arrodille
y pueda mis penas llorar.


Besos!
Natalia

P.S. Superado el primer día de norutina. ¡Y con creces! Espero que no haya sido un golpe de impacto dulce y regusto amargo. Confío en que no!

jueves, 12 de marzo de 2009

Añil

Con este relatín he quedado primera en la primera edición de los Premios Páginas Escritas, del blog de JR. Disfrutadlo!

AÑIL

Diminutas motas acuosas se adherían a la ventana, cuyo marco de madera húmedo crujía arcanamente, creando un aura que quebraba el silencio que imperaba sobre el viejo caserón. La cetrina hiedra que trepaba por las paredes dejaba que las gotas perladas de agua se deslizasen por su tallo sin fin para hundirse en unos pequeños charcos, quizá únicos testigos de la súbita tormenta que aquella tarde había acaecido sobre el pequeño pueblo, en el que se desgranaban los últimos días de un marzo cenizo y gris.

Mas otros ojos, de iris claros que rayaban en el color añil, observaban las lágrimas de las que el cielo velado se desprendía. En aquellos luceros violetas estaba pintada la inocencia. Enmarcados en un rostro redondeado, iluminado por una sonrisa curiosa, los ojos estudiaban el paisaje, ampliado retrato del rocío de la llorosa hiedra que se mezclaba con las penas de la bóveda celeste que cubría todo aquello.

El camino se había convertido en ciénaga para placer de la niña, que se divertía siguiendo el recorrido de las gotas sobre el cristal, y aquella vereda se presentaba desierta y sin ningún misterio frente a su imaginación candorosa.

Tras unos minutos en los que la lluvia siguió mezclándose con el horizonte y confundiéndose con él, una figura se hizo visible en la lejanía. La niña abandonó su juego al percatarse de este hecho, pues nada resultaba inescrutable para ella y para sus espías ojos añiles.

Aquel perfil, aquella sombra coloreada por el resplandor trasparente de las perlas al ser atravesadas por algunos rayos de sol que madrugaban en la tormenta, seguía avanzando, pero lo hacía lentamente, como si no tuviera prisa alguna por alcanzar su meta, fuera cual fuese ésta. Casi podía decirse que se deslizaba, que se dejaba llevar por el ritmo impuesto por el caer y caer y caer de la lluvia.

Conforme aquella figura rebasaba los invisibles límites establecidos por aquel interminable llanto, sus rasgos se fueron definiendo, tal como si las gotas de agua lustrasen la palidez de su rostro anguloso y plateasen sus cabellos de un rubio húmedo.

Sus andares sinuosos parecían detener el tiempo, y por un instante todo el ambiente pareció respirar una acuosa tranquilidad. Tal poder emanaba de su caminar delicado, quebrado, frágil, que sus pisadas ya resonaban en cada recoveco y toda la vegetación latía al compás de sus pasos.

Lo último que los curiosos ojos violáceos alcanzaron a ver fue casi un reflejo de ellos mismos, mas tiznados de un color azabache, y ensombrecidos por unas crenchas áureas, de las que aquellos haces de luz incipientes arrancaban destellos argénteos. Después se desvaneció, al mismo tiempo que las lágrimas anegaban los iris añiles de la niña. Y cuando estas lágrimas recorrieron sus arreboladas mejillas, dejando tras ellas transparentes sendas, los rayos de sol comenzaron a iluminar la vereda y el cielo abandonó su llanto.

jueves, 10 de abril de 2008

La Prisión de los fantasmas


Después de tantos años, por fin podía abandonar la escuela. Así funcionaban las cosas: uno iba creciendo, pasaban los años y, cuando se aprobaban todos los exámenes pendientes, ya podía dejar atrás aquel edificio que había convivido con él casi doce años, acogiéndolo en sus largos pasillos, con puertas por doquier, y en sus clases de paredes altas y descoloridas por el paso del tiempo. Quien nunca hubiera deseado dejar atrás la escuela de una vez por todas, es que nunca había sido alumno.

Sin embargo, el joven, que esperaba llegar a ser un próspero arquitecto, en un futuro no muy lejano, no pudo evitar echar un último vistazo a su colegio, lugar donde, de una manera u otra, había madurado. Vestido de gala y situado como estaba en el centro del patio, completamente desierto a aquellas altas horas de la noche, se sentía muy, muy pequeño, en medio de todos aquellos altos bloques de edificios que lo rodeaban, que parecían brillar, debido a los destellos que producía la luna sobre los cristales de las ventanas. Soplaba una ligera brisa, que hacía que su corbata oscura, ya arrugada sobre la pulcra camisa, se balancease de manera casi hipnótica. Entonces, lo vio.

Desde una ventana, que pertenecía al bloque que se encontraba delante de él, un pañuelo blanco se agitaba. El viento…Quizá. El joven no se sorprendió. Ya esperaba aquello. Siempre había que dejar algo atrás. Y aquella vez ocurría lo mismo.

Sus fantasmas.

Todos tenemos fantasmas. Son algo etéreo, no los puedes ver, ni tocar, pero están allí, y siempre lo estarán. Sólo hay que buscar en el lugar apropiado. Y el joven sabía que la escuela era el lugar propicio para despedirse de ellos. ¿Por qué? Simple. Allí debía abandonar a sus fantasmas, que quedaban atrapados, encerrados, en la escuela, como si se tratase de una prisión que se cernía sobre ellos.

No sólo él había de despedirse, puesto que en la escuela iban quedando olvidados muchos fantasmas....Parecía que su huella hubiese sido borrada por el tiempo, pero nunca se marchaban. Siempre. Siempre estaban allí, dispuestos a acechar de nuevo. Si paseabas bajo la lluvia y pasabas por delante de tu vieja escuela, allí estaban ellos, sus figuras incorpóreas casi se podían adivinar entre las ventanas mojadas. Entonces llegaba. Repentinamente. Un recuerdo aparecía en tu cabeza: un fragmento de una conversación que mantuviste con tu mejor amigo, la broma pesada que gastaste al profesor cuando estabas en cuarto curso, la primera vez que fuiste capaz de decir algo con sentido delante de la chica a la que adorabas, tu primer examen suspendido…ese tipo de cosas.

En aquellos momentos, en los que estaba mirando, casi directamente, a aquellos fantasmas del pasado, que parecían esconderse entre las sombras, el joven recordó de golpe varias cosas, varias risas que había hecho con sus amigos, varias miradas furtivas que iban dirigidas para ella, varias ocasiones en las que la indignación, el enfado, la rabia, habían podido con él, y, se dio cuenta, de lo mucho que le dolía tener que separarse de aquellos fantasmas, que forjaban su vida entre aquellas paredes, por los que tantos años habían pasado, que tenían la capacidad de hacerte sonreír cuando estabas tristes.

Cuánto costaba despedirse de ellos.

El joven miró de nuevo al pañuelo blanco, que todavía se agitaba, movido por una mano invisible.
Tras unos minutos, se dio media vuelta.

Adiós, escuela.
Adiós, profesores.
Adiós, aulas.
Adiós, recreo.

Y luego, susurró:
- Hasta pronto, fantasmas. Hasta pronto, recuerdos.


Perdón por no actualizar en tanto tiempo! Me anunciaron ayer que he recibido una mención especial en un concurso de Ibercaja :) Podéis leer mi trabajo y el de los demás participantes clickando aquí Supongo que en los siguientes días pondré un trocito del trabajo.

Y sobre la actualización de hoy:
Con este relato he ganado el primer premio de un concurso de mi colegio ^^ Aunque cabe añadir que he sido la única participación ¬¬'
Como se puede observar, el interés por la cultura en mi ciclo y en los superiores parece ser nula.

Pronto actualizaré de nuevo, que ya tengo preparado lo siguiente =D

Fdo
Natalia L